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A la mañana habíamos estado viendo el Mercado del Pescado de Tokio. Me impresionó todo aquello, jamás vi algo así. Los clientes parecían satisfechos con nosotros, eso me dijo mi amigo Fujima. El colofón consistía en una cena que había organizado, muy ceremonial, me dijo. Era importante sentarse a la mesa con ellos, parte del rito comercial, porque eran japoneses. Yo le pregunté si no sería irreverente que asistiera un occidental, además teniendo en cuenta que a duras penas me podía hacer entender, por el idioma. Pero Jujima insistió; aunque vivía en Londres desde hacía unos años, él era nipón por los cuatro costados, de cuerpo y alma. De hecho —me dijo— sería descortés por mi parte rechazar la invitación.
El restaurante estaba en una calle bulliciosa y había que bajar unas escaleras. Nos habían reservado una habitación decorada con esa sobriedad que imprime el lujo oriental. En una pared estaban colgadas dos catanas en sus vainas y en las esquinas dos armaduras de guerra en sus perchas; en el centro un juego de te. Guardia, paciencia y reflexión. En los tabiques adyacentes había unos biombos de bambú y papiro, adornados con motivos campestres. La pared contigua consistía en un panel de entramado rectangular cubierto de vidrio blanco muy opaco donde quedaba disimulada la puerta corrediza por donde se accedía al comedor. En el centro, una mesa rectangular muy baja, negra, rodeada de esterillas acolchadas para sentarse.
Me indicaron dónde debía situarme, junto a mi compañero, lo cual agradecí porque además era inevitablemente mi intérprete salvador. Ellos dos se sentaron frente a nosotros.
De detrás de los biombos salieron cuatro mujeres muy jóvenes vestidas con kimonos, impecables. Su peinado era una obra de arte; su maquillaje, sin ser exagerado, embellecía su expresión. Una vez acomodados empezaron a traer bandejas con comida sin que ninguno de nosotros hubiéramos pedido nada de ello. Fujima me dijo luego que todo estaba previsto. Comenzamos a comer. También nos ofrecieron sake que traían en unas jarras que vertían en nuestras jícaras, también un té suave que bebíamos en unos vasos de cristal. Me fijé en las muchachas, cómo se movían y nos atendían, todo en ellas era muy ceremonioso y sofisticado y nunca dejaban de sonreír y asentir con la cabeza. Cada una estaba vestida de un color diferente, rojo, blanco, azul y verde, los kimonos estaban adornados con dragones y árboles, con puestas de sol y estrellas; eran de una seda muy brillante y agradable a la vista y al tacto. Si no tenían nada que servir, se quedaban sentadas en la posición de loto junto a cada uno de nosotros. A mí me parecía un tanto excesiva su constante y servicial presencia, pero que podía asumir como parte de aquel ritual al que evidentemente desconocía. Le pegunté con discreción a mi amigo si eran geishas, pero él sólo me sonrió sin decirme nada más. No estaba seguro de si ellas podían entender mi inglés, porque seguramente su alta educación no les permitía entablar conversación fuera de los cánones formales a los que estaban sometidas. Eso es muy riguroso en ciertos ambientes en Japón, sobre todo en las mujeres. Eso pensé, o quise pensar.
Bebimos mucho. Todos acabamos sudando. Seguramente yo fui el más comedido con el sake, porque en cierta forma me sentía inseguro y no quería estropear nada, ni ponerme en ridículo, ni deshonrar a mi amigo. Así que tuve mucho cuidado de no beber más que lo que el decoro y la confianza me permitían en aquella situación. Habíamos terminado de comer y ellos no hacían más que hablar en japonés. Fujima se había cansado de traducir o su ebriedad ya no le permitía interpretar nada en otro idioma que no fuera el de su niñez. Yo me sentía ridículo, me dolía la espalda y no sabía qué decir. En un momento dado, uno de los invitados empezó a besar a una de las muchachas que seguía sonriendo como si aquel gesto fuera algo normal. Lo mismo empezó a hacer el otro. Yo no sabía hacia donde mirar. En esto, Fujima se volvió hacia mí y con un acento japonés con el que nunca le había oído expresarse, me dijo que la chica que estaba a mi lado se llamaba Mariko. Mariko tenía el kimono azul celeste y una faja que le rodeaba la cintura, color hueso, y acababa anudada con lazo enorme por detrás. Se acercó a mí y comenzó a acariciarme la nuca y a decirme cosas al oído que no podía entender. Quise explicarle que no hablaba su idioma y le hacía preguntas estúpidas que sabía que no iba a contestar. Miré a Fujima y todo el sake que bullía por mis venas pareció concentrarse en mi corazón en décimas de segundo; estaba desnudando a la chica que tenía a su lado sin que ella dejara de sonreír, aún más, parecía complacida por ello. Miré a mis clientes, seguían sudando como cerdos, riendo y hablando muy alto; ellas sin embargo les besaban y acariciaban.
Estaban desnudas de cintura para arriba, las hombreras de sus kimonos se habían deslizado y colgaban sobre el ancho fajín dejando sus brazos y sus torsos al aire; todas menos Mariko, a quien yo daba largas constantemente. Jujima me hacía gestos con las manos, como quien le da ánimos a un niño para que comience a andar, me hablaba en japonés también, pero por su expresión entendí que todos, incluso Mariko, se enfadarían si yo no me unía a aquel ritual venéreo. Me dieron asco, los traders de pescado sobaban a las mujeres mientras ellas parecían divertirse y acompañaban las burdas y groseras maneras de éstos con caricias en sus genitales y en sus pechos bajo las semidesabrochadas camisas. Hablaban en alto y gesticulando con todo el cuerpo, también eructaban a menudo y no dejaban de beber. Yo estaba angustiado. Me vino a la cabeza las imágenes del trajín del pescado en los puestos del mercado, cómo los despiezaban con grandes machetes y la sangre fina de los atunes rociaba la cara y las manos de los pescaderos, cómo regateaban con los barandas que iban a comprar y se pasaban los billetes de dinero de unos a otros; el olor a las vísceras arrancadas y desperdigadas en cualquier lugar y los charcos en los desagües atascados con las partes inservibles de los animales. Le dije a Fujima que no me gustaban las prostitutas y que, si bien yo había cumplido con mi parte como anfitrión, ahora le tocaba a él respetar mis valores occidentales. Mariko dejó de sonreír como si hubiera entendido mis palabras a la perfección, ofendida, creyéndose ultrajada por un extranjero vulgar y maleducado; Fujima dejó su tacita en la mesa y con mucha parsimonia se sirvió más sake apartándole el brazo a su acompañante, con una brusquedad hosca y autoritaria. Me miró y me dijo: «hijo, eres tú el que me estás deshonrando ante mis amigos (nunca antes los había llamado así) y si no eres capaz comportarte como mi invitado harás que sea el hazmerreír del gremio para siempre; sin embargo, si accedes a nuestras costumbres, mañana nadie se acordará de lo que ha pasado aquí». Bebió un sorbo y continuó: «tampoco tú te acordarás. Ahora haz lo que tienes que hacer».
Desaparecí con Mariko tras el biombo, como habían hecho los demás. En la pared había otra puerta corrediza a la que se accedía a una pequeña habitación pintada de azul y futón de madera natural muy blanca, a juego con su vestido. Aquel detalle avivó mi malestar, por su vulgaridad desmedida. Mariko me desnudó y yo la desnudé también. Me dio una píldora que me tomé sin rechistar, supuse, para contrarrestar los efectos del alcohol en mi sexualidad abotargada. Me obligué a no pensar más y dejar que todo sucediera por sí sólo. Quise acariciarla, pero no había nada en aquel sitio, ni en ella misma, que me incitara sensualidad alguna y me dejé caer sobre la colcha rendido.
Al día siguiente, Fujima no me dijo nada. Ni siquiera me preguntó si lo había pasado bien, si me había gustado la comida o si había algo por lo que me quisiera interesar. Me entregó una carpeta con el tender firmado por los clientes que dejó caer sobre el mostrador de la recepción del hotel mientras firmaba la cuenta de mi corta estancia. Es curioso, porque mi colega había tenido razón: durante mucho tiempo aquel suceso en el restaurante desapareció de mi memoria. Cada vez que he hablado de mi experiencia en el país del sol naciente, siempre recordé a sus gentes, sus calles bulliciosas y sus costumbres ceremoniosas e introvertidas, su machismo soslayado y su afición al pescado, pero jamás hablé de aquellas acompañantes ni de la angustia que me hicieron sentir aquellos hombres obscenos. Ahora recuerdo a Mariko y no puedo evitar sentir rencor por mi amigo al hacerme pasar por aquel trago. Él sabe que me sentí mal y yo sé que aquélla mujer joven que me atendió, se sitió gravemente ofendida por mi actitud. O quizá no. Jamás lo sabré.
El restaurante estaba en una calle bulliciosa y había que bajar unas escaleras. Nos habían reservado una habitación decorada con esa sobriedad que imprime el lujo oriental. En una pared estaban colgadas dos catanas en sus vainas y en las esquinas dos armaduras de guerra en sus perchas; en el centro un juego de te. Guardia, paciencia y reflexión. En los tabiques adyacentes había unos biombos de bambú y papiro, adornados con motivos campestres. La pared contigua consistía en un panel de entramado rectangular cubierto de vidrio blanco muy opaco donde quedaba disimulada la puerta corrediza por donde se accedía al comedor. En el centro, una mesa rectangular muy baja, negra, rodeada de esterillas acolchadas para sentarse.
Me indicaron dónde debía situarme, junto a mi compañero, lo cual agradecí porque además era inevitablemente mi intérprete salvador. Ellos dos se sentaron frente a nosotros.
De detrás de los biombos salieron cuatro mujeres muy jóvenes vestidas con kimonos, impecables. Su peinado era una obra de arte; su maquillaje, sin ser exagerado, embellecía su expresión. Una vez acomodados empezaron a traer bandejas con comida sin que ninguno de nosotros hubiéramos pedido nada de ello. Fujima me dijo luego que todo estaba previsto. Comenzamos a comer. También nos ofrecieron sake que traían en unas jarras que vertían en nuestras jícaras, también un té suave que bebíamos en unos vasos de cristal. Me fijé en las muchachas, cómo se movían y nos atendían, todo en ellas era muy ceremonioso y sofisticado y nunca dejaban de sonreír y asentir con la cabeza. Cada una estaba vestida de un color diferente, rojo, blanco, azul y verde, los kimonos estaban adornados con dragones y árboles, con puestas de sol y estrellas; eran de una seda muy brillante y agradable a la vista y al tacto. Si no tenían nada que servir, se quedaban sentadas en la posición de loto junto a cada uno de nosotros. A mí me parecía un tanto excesiva su constante y servicial presencia, pero que podía asumir como parte de aquel ritual al que evidentemente desconocía. Le pegunté con discreción a mi amigo si eran geishas, pero él sólo me sonrió sin decirme nada más. No estaba seguro de si ellas podían entender mi inglés, porque seguramente su alta educación no les permitía entablar conversación fuera de los cánones formales a los que estaban sometidas. Eso es muy riguroso en ciertos ambientes en Japón, sobre todo en las mujeres. Eso pensé, o quise pensar.
Bebimos mucho. Todos acabamos sudando. Seguramente yo fui el más comedido con el sake, porque en cierta forma me sentía inseguro y no quería estropear nada, ni ponerme en ridículo, ni deshonrar a mi amigo. Así que tuve mucho cuidado de no beber más que lo que el decoro y la confianza me permitían en aquella situación. Habíamos terminado de comer y ellos no hacían más que hablar en japonés. Fujima se había cansado de traducir o su ebriedad ya no le permitía interpretar nada en otro idioma que no fuera el de su niñez. Yo me sentía ridículo, me dolía la espalda y no sabía qué decir. En un momento dado, uno de los invitados empezó a besar a una de las muchachas que seguía sonriendo como si aquel gesto fuera algo normal. Lo mismo empezó a hacer el otro. Yo no sabía hacia donde mirar. En esto, Fujima se volvió hacia mí y con un acento japonés con el que nunca le había oído expresarse, me dijo que la chica que estaba a mi lado se llamaba Mariko. Mariko tenía el kimono azul celeste y una faja que le rodeaba la cintura, color hueso, y acababa anudada con lazo enorme por detrás. Se acercó a mí y comenzó a acariciarme la nuca y a decirme cosas al oído que no podía entender. Quise explicarle que no hablaba su idioma y le hacía preguntas estúpidas que sabía que no iba a contestar. Miré a Fujima y todo el sake que bullía por mis venas pareció concentrarse en mi corazón en décimas de segundo; estaba desnudando a la chica que tenía a su lado sin que ella dejara de sonreír, aún más, parecía complacida por ello. Miré a mis clientes, seguían sudando como cerdos, riendo y hablando muy alto; ellas sin embargo les besaban y acariciaban.
Estaban desnudas de cintura para arriba, las hombreras de sus kimonos se habían deslizado y colgaban sobre el ancho fajín dejando sus brazos y sus torsos al aire; todas menos Mariko, a quien yo daba largas constantemente. Jujima me hacía gestos con las manos, como quien le da ánimos a un niño para que comience a andar, me hablaba en japonés también, pero por su expresión entendí que todos, incluso Mariko, se enfadarían si yo no me unía a aquel ritual venéreo. Me dieron asco, los traders de pescado sobaban a las mujeres mientras ellas parecían divertirse y acompañaban las burdas y groseras maneras de éstos con caricias en sus genitales y en sus pechos bajo las semidesabrochadas camisas. Hablaban en alto y gesticulando con todo el cuerpo, también eructaban a menudo y no dejaban de beber. Yo estaba angustiado. Me vino a la cabeza las imágenes del trajín del pescado en los puestos del mercado, cómo los despiezaban con grandes machetes y la sangre fina de los atunes rociaba la cara y las manos de los pescaderos, cómo regateaban con los barandas que iban a comprar y se pasaban los billetes de dinero de unos a otros; el olor a las vísceras arrancadas y desperdigadas en cualquier lugar y los charcos en los desagües atascados con las partes inservibles de los animales. Le dije a Fujima que no me gustaban las prostitutas y que, si bien yo había cumplido con mi parte como anfitrión, ahora le tocaba a él respetar mis valores occidentales. Mariko dejó de sonreír como si hubiera entendido mis palabras a la perfección, ofendida, creyéndose ultrajada por un extranjero vulgar y maleducado; Fujima dejó su tacita en la mesa y con mucha parsimonia se sirvió más sake apartándole el brazo a su acompañante, con una brusquedad hosca y autoritaria. Me miró y me dijo: «hijo, eres tú el que me estás deshonrando ante mis amigos (nunca antes los había llamado así) y si no eres capaz comportarte como mi invitado harás que sea el hazmerreír del gremio para siempre; sin embargo, si accedes a nuestras costumbres, mañana nadie se acordará de lo que ha pasado aquí». Bebió un sorbo y continuó: «tampoco tú te acordarás. Ahora haz lo que tienes que hacer».
Desaparecí con Mariko tras el biombo, como habían hecho los demás. En la pared había otra puerta corrediza a la que se accedía a una pequeña habitación pintada de azul y futón de madera natural muy blanca, a juego con su vestido. Aquel detalle avivó mi malestar, por su vulgaridad desmedida. Mariko me desnudó y yo la desnudé también. Me dio una píldora que me tomé sin rechistar, supuse, para contrarrestar los efectos del alcohol en mi sexualidad abotargada. Me obligué a no pensar más y dejar que todo sucediera por sí sólo. Quise acariciarla, pero no había nada en aquel sitio, ni en ella misma, que me incitara sensualidad alguna y me dejé caer sobre la colcha rendido.
Al día siguiente, Fujima no me dijo nada. Ni siquiera me preguntó si lo había pasado bien, si me había gustado la comida o si había algo por lo que me quisiera interesar. Me entregó una carpeta con el tender firmado por los clientes que dejó caer sobre el mostrador de la recepción del hotel mientras firmaba la cuenta de mi corta estancia. Es curioso, porque mi colega había tenido razón: durante mucho tiempo aquel suceso en el restaurante desapareció de mi memoria. Cada vez que he hablado de mi experiencia en el país del sol naciente, siempre recordé a sus gentes, sus calles bulliciosas y sus costumbres ceremoniosas e introvertidas, su machismo soslayado y su afición al pescado, pero jamás hablé de aquellas acompañantes ni de la angustia que me hicieron sentir aquellos hombres obscenos. Ahora recuerdo a Mariko y no puedo evitar sentir rencor por mi amigo al hacerme pasar por aquel trago. Él sabe que me sentí mal y yo sé que aquélla mujer joven que me atendió, se sitió gravemente ofendida por mi actitud. O quizá no. Jamás lo sabré.
Chuff!!