miércoles, noviembre 18, 2009

El mercado

.
A la mañana habíamos estado viendo el Mercado del Pescado de Tokio. Me impresionó todo aquello, jamás vi algo así. Los clientes parecían satisfechos con nosotros, eso me dijo mi amigo Fujima. El colofón consistía en una cena que había organizado, muy ceremonial, me dijo. Era importante sentarse a la mesa con ellos, parte del rito comercial, porque eran japoneses. Yo le pregunté si no sería irreverente que asistiera un occidental, además teniendo en cuenta que a duras penas me podía hacer entender, por el idioma. Pero Jujima insistió; aunque vivía en Londres desde hacía unos años, él era nipón por los cuatro costados, de cuerpo y alma. De hecho —me dijo— sería descortés por mi parte rechazar la invitación.

El restaurante estaba en una calle bulliciosa y había que bajar unas escaleras. Nos habían reservado una habitación decorada con esa sobriedad que imprime el lujo oriental. En una pared estaban colgadas dos catanas en sus vainas y en las esquinas dos armaduras de guerra en sus perchas; en el centro un juego de te. Guardia, paciencia y reflexión. En los tabiques adyacentes había unos biombos de bambú y papiro, adornados con motivos campestres. La pared contigua consistía en un panel de entramado rectangular cubierto de vidrio blanco muy opaco donde quedaba disimulada la puerta corrediza por donde se accedía al comedor. En el centro, una mesa rectangular muy baja, negra, rodeada de esterillas acolchadas para sentarse.
Me indicaron dónde debía situarme, junto a mi compañero, lo cual agradecí porque además era inevitablemente mi intérprete salvador. Ellos dos se sentaron frente a nosotros.

De detrás de los biombos salieron cuatro mujeres muy jóvenes vestidas con kimonos, impecables. Su peinado era una obra de arte; su maquillaje, sin ser exagerado, embellecía su expresión. Una vez acomodados empezaron a traer bandejas con comida sin que ninguno de nosotros hubiéramos pedido nada de ello. Fujima me dijo luego que todo estaba previsto. Comenzamos a comer. También nos ofrecieron sake que traían en unas jarras que vertían en nuestras jícaras, también un té suave que bebíamos en unos vasos de cristal. Me fijé en las muchachas, cómo se movían y nos atendían, todo en ellas era muy ceremonioso y sofisticado y nunca dejaban de sonreír y asentir con la cabeza. Cada una estaba vestida de un color diferente, rojo, blanco, azul y verde, los kimonos estaban adornados con dragones y árboles, con puestas de sol y estrellas; eran de una seda muy brillante y agradable a la vista y al tacto. Si no tenían nada que servir, se quedaban sentadas en la posición de loto junto a cada uno de nosotros. A mí me parecía un tanto excesiva su constante y servicial presencia, pero que podía asumir como parte de aquel ritual al que evidentemente desconocía. Le pegunté con discreción a mi amigo si eran geishas, pero él sólo me sonrió sin decirme nada más. No estaba seguro de si ellas podían entender mi inglés, porque seguramente su alta educación no les permitía entablar conversación fuera de los cánones formales a los que estaban sometidas. Eso es muy riguroso en ciertos ambientes en Japón, sobre todo en las mujeres. Eso pensé, o quise pensar.

Bebimos mucho. Todos acabamos sudando. Seguramente yo fui el más comedido con el sake, porque en cierta forma me sentía inseguro y no quería estropear nada, ni ponerme en ridículo, ni deshonrar a mi amigo. Así que tuve mucho cuidado de no beber más que lo que el decoro y la confianza me permitían en aquella situación. Habíamos terminado de comer y ellos no hacían más que hablar en japonés. Fujima se había cansado de traducir o su ebriedad ya no le permitía interpretar nada en otro idioma que no fuera el de su niñez. Yo me sentía ridículo, me dolía la espalda y no sabía qué decir. En un momento dado, uno de los invitados empezó a besar a una de las muchachas que seguía sonriendo como si aquel gesto fuera algo normal. Lo mismo empezó a hacer el otro. Yo no sabía hacia donde mirar. En esto, Fujima se volvió hacia mí y con un acento japonés con el que nunca le había oído expresarse, me dijo que la chica que estaba a mi lado se llamaba Mariko. Mariko tenía el kimono azul celeste y una faja que le rodeaba la cintura, color hueso, y acababa anudada con lazo enorme por detrás. Se acercó a mí y comenzó a acariciarme la nuca y a decirme cosas al oído que no podía entender. Quise explicarle que no hablaba su idioma y le hacía preguntas estúpidas que sabía que no iba a contestar. Miré a Fujima y todo el sake que bullía por mis venas pareció concentrarse en mi corazón en décimas de segundo; estaba desnudando a la chica que tenía a su lado sin que ella dejara de sonreír, aún más, parecía complacida por ello. Miré a mis clientes, seguían sudando como cerdos, riendo y hablando muy alto; ellas sin embargo les besaban y acariciaban.

Estaban desnudas de cintura para arriba, las hombreras de sus kimonos se habían deslizado y colgaban sobre el ancho fajín dejando sus brazos y sus torsos al aire; todas menos Mariko, a quien yo daba largas constantemente. Jujima me hacía gestos con las manos, como quien le da ánimos a un niño para que comience a andar, me hablaba en japonés también, pero por su expresión entendí que todos, incluso Mariko, se enfadarían si yo no me unía a aquel ritual venéreo. Me dieron asco, los traders de pescado sobaban a las mujeres mientras ellas parecían divertirse y acompañaban las burdas y groseras maneras de éstos con caricias en sus genitales y en sus pechos bajo las semidesabrochadas camisas. Hablaban en alto y gesticulando con todo el cuerpo, también eructaban a menudo y no dejaban de beber. Yo estaba angustiado. Me vino a la cabeza las imágenes del trajín del pescado en los puestos del mercado, cómo los despiezaban con grandes machetes y la sangre fina de los atunes rociaba la cara y las manos de los pescaderos, cómo regateaban con los barandas que iban a comprar y se pasaban los billetes de dinero de unos a otros; el olor a las vísceras arrancadas y desperdigadas en cualquier lugar y los charcos en los desagües atascados con las partes inservibles de los animales. Le dije a Fujima que no me gustaban las prostitutas y que, si bien yo había cumplido con mi parte como anfitrión, ahora le tocaba a él respetar mis valores occidentales. Mariko dejó de sonreír como si hubiera entendido mis palabras a la perfección, ofendida, creyéndose ultrajada por un extranjero vulgar y maleducado; Fujima dejó su tacita en la mesa y con mucha parsimonia se sirvió más sake apartándole el brazo a su acompañante, con una brusquedad hosca y autoritaria. Me miró y me dijo: «hijo, eres tú el que me estás deshonrando ante mis amigos (nunca antes los había llamado así) y si no eres capaz comportarte como mi invitado harás que sea el hazmerreír del gremio para siempre; sin embargo, si accedes a nuestras costumbres, mañana nadie se acordará de lo que ha pasado aquí». Bebió un sorbo y continuó: «tampoco tú te acordarás. Ahora haz lo que tienes que hacer».

Desaparecí con Mariko tras el biombo, como habían hecho los demás. En la pared había otra puerta corrediza a la que se accedía a una pequeña habitación pintada de azul y futón de madera natural muy blanca, a juego con su vestido. Aquel detalle avivó mi malestar, por su vulgaridad desmedida. Mariko me desnudó y yo la desnudé también. Me dio una píldora que me tomé sin rechistar, supuse, para contrarrestar los efectos del alcohol en mi sexualidad abotargada. Me obligué a no pensar más y dejar que todo sucediera por sí sólo. Quise acariciarla, pero no había nada en aquel sitio, ni en ella misma, que me incitara sensualidad alguna y me dejé caer sobre la colcha rendido.

Al día siguiente, Fujima no me dijo nada. Ni siquiera me preguntó si lo había pasado bien, si me había gustado la comida o si había algo por lo que me quisiera interesar. Me entregó una carpeta con el tender firmado por los clientes que dejó caer sobre el mostrador de la recepción del hotel mientras firmaba la cuenta de mi corta estancia. Es curioso, porque mi colega había tenido razón: durante mucho tiempo aquel suceso en el restaurante desapareció de mi memoria. Cada vez que he hablado de mi experiencia en el país del sol naciente, siempre recordé a sus gentes, sus calles bulliciosas y sus costumbres ceremoniosas e introvertidas, su machismo soslayado y su afición al pescado, pero jamás hablé de aquellas acompañantes ni de la angustia que me hicieron sentir aquellos hombres obscenos. Ahora recuerdo a Mariko y no puedo evitar sentir rencor por mi amigo al hacerme pasar por aquel trago. Él sabe que me sentí mal y yo sé que aquélla mujer joven que me atendió, se sitió gravemente ofendida por mi actitud. O quizá no. Jamás lo sabré.
Chuff!!

martes, noviembre 17, 2009

El olor de una eternidad

.
Estuvimos de acuerdo en no dejarnos llevar siempre por corazonadas. Fue una decisión repentina, te marchabas.

Hoy era el día. Aquí estoy, en el lugar donde te prometí que estaría cuando volvieras. Es bonito, me gusta, el viejo faro hace guardia en la peña de la atalaya y si el día es claro y te subes sobre el granito, puedes ver todo el mar desde Ogoño hasta Santa Catalina. Justo lo que nos gusta a los dos.

Ahora soy yo el que se va. Te toca a ti. Supuse que cantarías mi canción y me traerías flores, pero —¿sabes?— eso no es lo único que deseo para toda una eternidad.

Hueles bien y huele a rosas y a miel. Y ahora que estás aquí, también huele a mar. Justo lo que nos gusta a los dos.


Chuff!!

domingo, noviembre 15, 2009

Papel de envolver

.
No encontré el disco que buscaba. Era un mercado de segunda mano y disco antiguo; eso quiere decir que mi amigo Graham Parker todavía no es un dinosaurio, aunque tampoco es lo suficientemente actual como para permanecer en los anaqueles de la gloria en cualquier tienda de la ciudad. Bajé algunas canciones de su Struck by a lightning (lo siento, Graham): Wrappig paper y The kid with a butterfly net. Ambas son canciones que me entusiasman, las escucho ahora mientras escribo, pero me faltan las demás de ese álbum, y es que ni siquiera sé cómo se titulan. La vieja cinta magnética que tenía acabó hecha un higo de tanto pasarla en el coche. Cuántas veces he conducido contigo, tarareando tus melodías Llegará el día en que tú también serás una pieza demasiado antigua y acabarás en una caja de cartón, en el tablero de un mostrador de caballetes desmontables de mecanotubo de algún freaky como yo, en la calle de cualquier ciudad extranjera, muy lejos de donde naciste y a un precio de saldo. Estoy seguro de que cuentas con ello y —estoy seguro también— tampoco te importa. Dime, Graham, ¿lo pasaste bien en la vida? A mí me hiciste feliz un montón de veces.

La carretera que me lleva a casa está plagada de árboles y en verano anochece tan tarde que cuando salgo de trabajar aún está el sol cayendo perezoso. Me gusta ir despacito, elijo ese camino porque nadie va por ahí y me puedo entretener observando los caprichos de la luz entre las hojas de los tilos y los castaños. Canto mientras conduzco y me imagino que soy el único habitante de la tierra que quedó atrapado en ese espacio estrecho de carretera que llega hasta el mar. Imagino también que soy un loco que puede salvar al mundo de la estulticia y la avaricia cantando, sólo con tu canción, y mostrando las maravillas con las que la luz y las sombras me envuelven todas las tardes a través del parabrisas de mi coche. Y es que los colores, cuando están vivos, ejercen una fuerza sobrenatural sobre las cosas. Imagino también que soy yo quién descubro que con la música se puede curar a la gente de la tristeza y la soledad; que todos podemos ser mejores de lo que somos; que no hace falta vender lo que uno más ama para seguir viviendo, y que el aire y el viento, y el cielo, y el mar, son los símbolos de la libertad que elegimos porque son esos elementos los que hacen a la humanidad ser libres de verdad. Y yo lo sé, porque lo siento en la melodía de una canción que nunca deja de sonar en mi corazón.

Imaginé un álbum de fotografías en el que estábamos toda la humanidad; que pasaba las hojas entre papel de celofán y veía a gentes de todas las razas, famosos, ricos y pobres, niños, también a los muertos y a todos nuestros antepasados, y me entusiasmaba sabiéndolos a todos parte de mí, como una gran familia que siempre estuvo unida en la alegría y la tristeza. Y vosotros me veis cantar. Feliz.

Recuerdo que el año pasado compré un disco de Gretchen Peters, Tomorrow morning, porque tiene una canción que me conmueve: Child of mine. La escucho ahora, después de una pausa en mi redacción. A veces he de tomarme un respiro para volver a la realidad. Sé perfectamente en qué estación del año estoy. Quizá eso sea lo realmente injusto: saber que todos acabaremos igual que las viejas glorias, y que los sueños son eso: sueños nada más. Papel de envolver.
Wrapping Paper lyrics

Artist - Graham Parker
Album - Struck by Lightning

Intro E / Emaj7 / Amaj7 / B / E

E 022100 Emaj7 021100 Amaj7 002120
Asus2 002200 B 004440

E Emaj7 Amaj7 Asus2
I've broken your glass, called someone a dirty name
E Asus2 B
Made a nuisance of myself in front of friends
E Emaj7 Amaj7 Asus2
I've dug my own grave, please don't let me lie in it
E A B E
Instead let's bury everything that caused us pain

CHORUS
E Emaj7 A Asus2
Speak to me now, speak to me darling
E Emaj7 A Asus2
You're not a princess I'm not Prince Charming
E Emaj7 A Asus2
Speak with your tongue, use body language
E Asus2 B E
and pull your skin like wrapping paper round my heart

Sometimes I feel the kick has gone, it gets mundane
So I team up with the devil and make hell
But I'll hang on in as long as I know I've got you
As long as I know love's a cure that makes me well


(CHORUS, Instrumental verse)

We move around, drag ourselves from town to town
Wrap up lots of gifts and toys and China tea
But they don't feel nothin', they're just inanimate
They just go in suitcases and fly away


CHORUS (last line x3), Repeat Intro
Thank you, Graham. See you somewhere.
Chuff!!

viernes, noviembre 13, 2009

Aquel momento

.
Me acuerdo de aquel momento. Pensé que solamente era una pose, tu mano izquierda en el bolsillo de tu pantalón vaquero y la derecha retirando el flequillo de esa melena tuya tan dulce, pero ahora sé que esa es la actitud con la que te enfrentas a la multitud de la calle. Lo sé porque también lo vi en las fotos que me enseñaste de tu niñez. Me quedé parado en la otra acera. Parece difícil hacerlo, pero contigo puedo conseguir pasar de la insatisfacción más absoluta a la pura delectación por la belleza. Lo tuyo es hermosura pura, rotunda, total. En el primer segundo quise llamarte, cruzar la calle y saludarte, pero eso habría sido como arrancar la flor más hermosa de un jardín. Por eso no me moví y dejé que te desvanecieras entre la multitud.

Otro mundo puede abarcar un corazón. Un mundo que ahoga. Acaso no es terrible vivir en el vacío de la nada, en la pestilente fealdad de la mediocridad, de esa rutina que nos esclaviza. Quiero verte otra vez. Otra vez.
Chuff!!

sábado, noviembre 07, 2009

De tú a Tú - Revelaciones

.
Alguna vez os he hablado de Galbarriatu, uno de mis personajes. Es un hombre de barrio, de la República Independiente de Deusto, muy normal; amigo de sus amigos y campeón de levantamiento de vidrio. Bueno, pues Galbarriatu tiene la gracia divina de que puede hablar con Dios directamente, de tú a Tú. Todas las mañanas, sin ir más lejos cuando se levanta de la cama Dios le pregunta de dónde quiere que le quite reliquias del cuerpo y él le contesta «de donde quieras: de la presbicia, del oído, del pelo, pero eso que Tú sabes, ni tocar». Y Dios le hace caso y por eso la potencia sexual la tiene casi como la de un chaval de veinte años, casi.

Galbarriatu suele cerrar todas las tabernas de la República. Un día, el tabernero ya no sabía dónde meterse. Pasaba la bayeta por el mostrador relimpio mientras Galbarriatu le hablaba sin parar.

—Tú sabes que ahora los premios Nobel se los dan a la gente por decir cosas de mucha ocurrencia— miraba al vino primero y luego a Txomin, el tabernero, mientras buscaba el ángulo idóneo para que la napia le entrara por el vaso—. Y yo ya estoy haciendo campaña porque— el timón entra a la vía y no tiene más remedio que dejar la frase en suspense— a mí se me ocurren sucedidos que pueden cambiar el mundo. Como lo oyes, Txomintxu.

El vino de azumbre peleón es lo que tiene, que a uno le deja la chaveta con una lucidez espectacular. Y Galbarriatu siempre tiene el vaso lleno y la materia gris lúcida como la de un premio Nobel.

—Galba, termínate ya el vino que vamos a cerrar.
—Me lo termino, pero tienes que prometerme que pondrás un cartel donde todos lo lean, detrás de la barra, ahí— y señala el espejo que hace también las veces de tablón de anuncios: «Hay caldo», «Lotería de Navidad», «Mañana se fía, hoy no»

A Txomin le importa un huevo el sucedido de Galbarriatu y con tal de que se termine el azumbre es capaz de colgar el testamento de su santa madre en el espejo o donde haga falta. Así que le dice que sí, que lo que quieras, Galba, pero termina que van a cerrar la calle.

«LAS COSAS NI SE ENSEÑAN NI SE APRENDEN, SE REVELAN»

Dicho así parece una tontería, pero si se piensa, esa frase es el principio de todo. Eso iba diciendo Galbarriatu por todos los sitios de la República. El letrero se lo había hecho la hija de la patrona de la casa donde se hospeda, que es informática, y luego se había gastado los cuartos sacando fotocopias tamaño DIN-A3. Esa tarde se recorrió todas las tabernas de la República Independiente de Deusto y no paró hasta que todas las fotocopias estuvieron bien pegadas donde todos las vieran. Un espectáculo grotesco, pero eficaz al fin y al cabo para el objetivo que perseguía.

«Estáis todos equivocados. Vais por la vida creyéndoos lo que os dicen y os lo aprendéis de memoria como si fueseis papagayos, pero hasta que no lo sufrís en vuestras carnes no os entra nada en la mollera. No hay nada que podáis enseñar tampoco. Todo lo que aprendéis y enseñáis no son más que espectros de la realidad, fantasmas, palabras vacías. Lo que realmente importa es lo que nos ocurre, la experiencia. Ya lo decía Confucio, quien se acercó un poco a lo que podríamos llamar la verdad: Lo que nos cuentan, lo olvidamos; lo que vemos, lo recordamos; pero lo que hacemos, lo aprendemos. La vida no es más que una revelación constante y solamente tomando conciencia de ello la humanidad podrá avanzar hacia un horizonte de conocimientos, esos que aún no alcanzamos a comprender ni de una forma somera. La palabra, el verbo, como vehículo de aprendizaje, ha quedado obsoleto. Éste no es más que una herramienta burda para adornar lo revelado ante nuestros sentidos. El lenguaje estuvo bien en su momento para comenzar a caminar, un primer paso, un andar a gatas, pero para alcanzar el fruto del árbol del conocimiento, de lo oculto ante nuestra capacidad de entendimiento actual, hace falta avanzar hacia nuevas formas de comunicación. Otro idioma donde la revelación sea el vehículo de comunicación»

Bueno, aquel día, creo yo, Galbarriatu llegó a casa con algún vino de más, porque la campaña fue prolija y se le secaba la boca de tanta revelación. Pero eso sí, convencido de que el siguiente premio Nobel de filosofía (que será, sin duda, instaurado por la divulgación de sus sucedidos) sería para él. Y es que tener comunicación directa con Dios no tiene parangón. Y si no, que se lo pregunten a la patrona de la casa donde se hospeda, dicen que la informática se parece a él.

Otro día más y mejor.

Chuff!!

jueves, noviembre 05, 2009

Gracias

.
¿Quién sabe lo que esconden las palabras?
Dichas así, en el ámbito de un cuaderno de notas,
al pie de una página con demasiados borrones,
esos que borrará la memoria algún día.

Esconderán vuestro cariño y calor
y esconderán las nubes que atormentan
el cielo de mi tiempo aquí, ante esta pantalla.
Esconden quizá amor, amistad y consuelo.

Me hacéis muy feliz, sabedlo.
Es muy agradable teneros por amigos.
Simplemente no sé qué decir y eso
que soy un buscador de las palabras.

Pero es que no las encuentro,
y es que en el abecedario de nuestro idioma
no exiten las letras para fabricar un sintagma
que revele lo que siento por vosotros.

Os quiero tanto. Y gracias. Siempre gracias.

Chuff!!

domingo, noviembre 01, 2009

Nada es igual,,, o «Ne me quitte pas»,

.
Quería comenzar diciendo «nada es igual...», pero iba a resultar idéntico al estribillo de la canción de Enrique Urquijo (Q.E.D.). De todas formas, todo parece un plagio, la vida es un plagio enorme y es tan difícil ser original. Lo que quería decir es que el tiempo ha pasado para los dos y no podemos echarlo para atrás. Hemos quedado esta tarde, llueve, es viernes y a la luz del día parece que se le acabó el carburo. Además, estoy apático, no sé por qué. No tengo ganas de hacer nada. No he sido capaz de decirte «no, lo siento, no me apetece quedar». Esta tarde nos veremos por segunda vez en dos semanas, y había pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos.

También tengo miedo, he de decirlo. Puede que ésa sea la causa principal si lo pienso. El otro día nos despedimos y yo tuve esa sensación que tanto me agobia de dejarte sola. Conducía a casa y, mientras escuchaba Brown Eyed Girl, supe que estaba huyendo por miedo a lo que pudiera pasar, de mí mismo. No tienes ni idea, no sabes cómo soy ahora. De repente te ha dado el cuarto de hora y no te imaginas el daño que nos podemos hacer. Ya nada es igual.

Hay personas a las que fácil hablar y decirles lo que piensas y lo que sientes. Contigo me resulta complicado a veces, porque no sé si eso crea inseguridad entre nosotros. Quiero decir, puede que nos hagamos una idea equivocada de nuestras intenciones cuando pretendemos contarnos lo que nos hace estar tan solos. Yo te escucho, lo sabes. Pero sólo eso, porque no hay nada más que pueda hacer.

Estás triste porque Neska, tu perra, tiene metástasis y la pobre está sufriendo demasiado. El lunes será su último día. Quería decirte que yo podría hacerlo si tú quieres, pero me estabas contando lo lista que es, cómo sabe quién es quien. Me decías que no hay forma de hacerle pensar que no serás una traidora. Hagas lo que hagas, la habrás fallado. Le vas a quitar la vida y tienes que ser tú quien lo haga. Puedo hablarte de mí, sabes que lo tengo dicho y lo firmaré algún día; y por eso no voy a pensar que nadie me traiciona. Pero tu perra es un animal, crees que sabes perfectamente lo que piensa, pero yo sé que no puedes estar segura de ello. También sé que no vas a llorar, que por mucha tristeza que te cause, guardarás la compostura de mujer fuerte. Lo eres. Y yo no lo soy tanto.

Quisiera que toda mi familia y mis amigos esperaran a un día claro de primavera, con viento del nordeste. Que salieran los barcos e izaran las velas en la bocana del abra interior, como hacemos cuando salimos de regata, y navegaran hasta Aketze. Allí mi hermana, mi querida hermana del alma, cantará su canción y la mía: «Ne me quitte pas». Te preguntarás porqué elijo una balada en un idioma que no conozco, pero es que yo también iniciaré un viaje hacia un lugar desconocido. Esa canción representa para mí el pasado y el futuro, y es además un presente cálido que nunca termina, y mi hermana tiene ese acento que tenía Edith Piaf (QED) que te llegaba al alma. Se la he oído cantar tantas veces y tantas veces lo hizo para mí, que quisiera que fuera su despedida.

Mis amigos saben cómo fondear para que las cenizas vuelen libres a sotavento. Al fondo, surgidas del mar por el capricho del tiempo y la naturaleza (y de los sueños de un niño que creyó en la locura de vivir), están las islas de mi niñez y la tierra más verde que jamás nadie pueda imaginar. Es allí donde quiero comenzar mi nuevo viaje, ese es mi Valhalla. Si tú quieres, si lo deseas, a mí no me importará dormir con Neska para la eternidad cuando me toque comenzar mi viaje.

Podría decirte esto, pero no estoy seguro de si lo aceptarás de la misma manera que yo imagino. Esperaremos un día claro y bonito, con viento del nordeste, navegaremos los dos hasta el lugar que tú elijas y devolveremos sus cenizas al viento, al mar, a la tierra. Y puede que lloremos los dos o puede que nos miremos sabiendo que ya nada será igual.

Te veo esta tarde.
Chuff!!

“Ne Me Quitte Pas” (Jacques Brel)

Ne me quitte pas
Il faut oublier
Tout peut s`oublier
Qui s`enfuit déjà
Oublier le temps
Des malentendus
Et le temps perdu
A savoir comment
Oublier ces heures
Qui tuaient parois
A coups de pourquoi
Le coeur du bonheur
Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas
Moi je t`offrirai
Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserai la terreJ
usqu`après ma mort
Pour couvrir ton corps
D`or et de lumière
Je ferai un domaine
Où l`amour sera roi
Où l`amour sera loi
Où tu seras reine
Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas
Je t`inventerai
Des mots insensé
Que tu comprendras
Je te parlerai
De ces amants-là
Qui ont vu deux fois
Leur coeur s`embraser
Je te raconteraiL`histoire de ce roi
Mort de n`avoir pas
Pu te rencontrer
Ne me quitte pas/ Ne me quitte pas/ Ne me quitte Pas/ Ne me quitte pas
On a vu souvent
Rejaillir le feu
D`un ancien volcan
Qu`on croyait trop vieux
Il est parait-il
Des terres brûlées
Donnant plus de blé
Qu`un meilleur avril
Et quand vient le soir
Pour qu`un ciel flamboie
Le rouge et le noir
Ne s`épousent-ils pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte Pas

sábado, octubre 31, 2009

Desagües

.
He roto con el corazón
y he hecho de mi alma una víscera.
Todo se enreda cruelmente
para que sigas apareciendo ante mí,
en la levedad de un pensamiento que palpita lejano,
en el desahucio del hospital de mi universo finito.

Se iba mi alma a otro mundo y me dejaba solo,
sin nada más que ese recuerdo vago
que atrapé con mentiras y chantajes.
Ahora es el alma la víscera que impulsa mi sangre.
Y el corazón, el desagüe.
Chuff!!

martes, octubre 27, 2009

El Dado

.
Dedicado a Cristaltxu, porque me gusta pensar que sonríe. Sin más pretensiones.

Él no es Dios y, con todo, se propuso dibujar un nuevo mundo. Él es un hombre como otro cualquiera, a primera vista un poco raro, un misántropo solitario, pero humano al fin y al cabo. Cuando está solo se divierte imaginando cosas increíbles. Por eso no le place hablar con nadie o hablar poco y, cuando lo hace, en voz tan baja que nadie le oye. Usa lentes, más que gafas son anteojos cuadrados, rectángulos enormes pasados de moda; corbata lacónica de flacidez obsoleta; camisa blanca de gastada consistencia; chaqueta mal abotonada y tirantes que le tiran de las pocas carnes que cuelgan de su afligido esqueleto. Los pantalones, bailones al viento, siempre a falta de llegar hasta abajo; los calcetines vueltos del revés y los zapatos negros de opacidad lustrada y talones agotados de andar lastrado. Él es delgado, afilado y alfilerado. Se torna cabizbajo hacia la tarde, aunque a las mañanas se levante adrizado. Mal afeitado; calva ganada en mareas al pulso de la inclinación de su mirada; nariz encañonada para disparar sordos rebufos y ojos para aderezar el olfato de mocos filtrado; telescopios auditivos por orejas, casi hojas de lechuga; dientes derruidos por lo trillados de roer lo pensado; los labios, lindes del cráter de un volcán apagado; lengua zurda para la sintaxis, pómulos de la calavera de una bandera del capitán Morgan, barbilla de mollete; su cuello, el sucinto espacio entre la corbata y la tejavana de sus cocochas, que son ventosas y péndulos de succión de bocadillos de aire rellenos de salivazos. Sus brazos, andas; sus patas, palos; sus nalgas no existen; el costillar de su pecho, flechastes en los obenques del mástil de un barco varado; y su espalda, la media elipse que le faltó a Kepler para completar sus jorobadas leyes orbitales. Él no es Dios, eso está claro y, con todo, se imaginó otro mundo cuya perfección consistía en la némesis de quien le abandonó en este cruel planeta, globo terráqueo, y en el que le había tocado vivir dentro un cuerpo inhumano.

Primero fabricó un cubo: un «dado». Luego, en un lado puso los continentes con sus montes y valles; en otro puso los mares y los océanos; en el tercero, árboles y plantas; en el cuarto a los hombres y mujeres con todos sus niños diablos; en el quinto puso a los bichos, las bestias, virus y bacterias; y en el último, por fin, se puso a él mismo reinando todo el Dado.

Se pasó un día pensando, hablándose a sí mismo, y llegó a una conclusión: que el Dado estaba bien, pero que a él le faltaba algo. Tan solo. Una sexta parte enteramente para sí mismo..., eso era un detalle poco humano, aunque bastante aproximado. Su Dado estaba ya campando en la mesa del salón de su casa, con todas las cosas y criaturas pululando por los lados y cada día añadía algún pormenor sin importancia: el sol en un ángulo, la luna en el otro más opuesto, estrellas en unos vértices y los planetas en otros. Estaba feliz él en su lado del Dado —tan solo—, pero notaba que le faltaba algo. Aunque, bien pensado, ya no tenía que hablarle a la tendera para pedirle lo poco que él rumiaba de vez en cuando, ni contestar a los gruñidos del jefe que le martirizaba con insidiosas peroratas, tampoco al vendedor de periódicos, que nunca aprendió sus gustos fijos, ni disimular ante la vecinita del cuarto que no paraba de preguntar por su gato. Era feliz y decidió que Él no era humano. El dilema, solucionado.

Pasaron algunos meses. Hacía tiempo que Él no salía de su salón para nada, no le hacía falta, puesto que no solamente no era humano, sino que era el rey de la creación entera. Se alimentaba del aire únicamente, pero aún con ello engordó; vivía a oscuras y no necesitaba las gafas; perdió el poco olfato que le quedaba; la lengua se le endureció fosilizada, porque dentro de las fronteras de su extenso país cuadrado no vivía criatura alguna con la que farfullar tediosas e inútiles palabras de dadícolas humanos. Dormía mucho y cuando despertaba jugaba con su universo, su Dado. Ordenaba a sus criaturas según sus caprichosas necesidades y juzgaba a sus súbditos a la sazón de los altibajos de su misantropía. Incluso dispuso de una gran geoda a donde arrojaba a los malos y de una arista a la que ascendía a los pocos buenos que lo merecían.

Los dadícolas son pobres criaturas mortales y Él es completamente dichoso en su Dado.

Quien leyera estas líneas que escribo, se preguntará cómo puedo yo, uno de tantos del lado del Dado donde todos los hombres estamos tan estrujados, saber quien es Él, si Él impera invisible a sus anchas en otro lado del Dado. Pero tanto es el vicio como la virtud de vosotros, los condenados seres humanos, ahondar en conjeturas que nunca oye el que vive a este lado del Dado donde Yo me hallo. Aburríos, desdichados dadícolas humanos, preguntaos cómo vivís tan estrechos y apretados. No os lo diré otra vez.

Yo soy tan feliz con mi Dado. Voy a divertirme un rato.
Chuff!!

domingo, octubre 25, 2009

Siete microrelatos (no iban a ser seis... u ocho. Siete es el número de las maravillas..., por si acaso)

I
Es una falsa alarma que haya llovido hoy. Me estaba mojando, pero la humedad se me fue por las alcantarillas por arte de magia. Sigo tan descalzo como cuando me viste la última vez, ¿te acuerdas?: era primavera. La hierba siempre está húmeda en esta tierra nuestra llena de pies con zapatos. Peor para ellos, llueve y se mojan y viven alarmados.

II
La ciudad está levantada. Buscan sus gusanos para matarlos y así vivir ellos limpios y frescos eternamente. En el socavón de la esquina se encontraron con un pozo; era toda el agua que me supuró a mí en estos últimos otoños. No me importa, que se la queden, pero que no fusilen a mis anélidos queridos.

III
Tengo obsesión con los pájaros. No parece que tengan sangre en sus adentros, ni parece que puedan posarse en el suelo cuando vuelan; tampoco que puedan volar cuando brincan sobre el asfalto. La brea y la gravilla es el cáncer de la hierba, el hogar de los pies con los zapatos. Pero los pájaros se pasean descalzos.

IV
En un lugar del océano se hundieron mis lágrimas. Aquéllas que no quise verter, pero que me surgieron inesperadamente: cuando me enteré de que eras el pez que me había comido. Ahora vives en mí y eres una digestión muy pesada. Seguí llorando y llorando hasta que llegué a puerto. Ahora lloro de risa, porque la lástima se me hundió en el océano y ya no me hace compañía.

V
Todas las estaciones me pertenecen. Tengo la gorrita del revisor puesta para que me reconozcas cuando te pique el billete de tu viaje de vuelta. Te advierto que regresar no es tan entretenido como ir. Es algo así como volver al pasado. De hecho, si me preguntas, te diré que mi futuro ya ha sucedido. Y no sabes lo que me fastidia. Por eso me he puesto gafas oscuras y voy disfrazado.

VI
La ropa estaba colgada en el tendedero del patio. Llovía; diluviaba. Las sábanas, las camisas, los calcetines y ese sujetador tuyo aintilujuria horrible, color carne, todo estaría calado. Abrí la puerta y casi resbalo porque el suelo también estaba mojado. Quitaba las pinzas y la calva se me encharcaba, todo estaba empapado; todo menos tu sujetador encarnado.

VII
Y hoy acabó mi día sin gloria, sin pena y sin mejorar mi paranoia. Por favor, regresa del mundo de las alcantarillas, aunque sea por arte de magia.
Chuff

jueves, octubre 22, 2009

Límpiate la cara

.
La desdicha se viste del color del horror.
Su maquillaje no es perfecto,
make up para el atrezo.
Sólo las palabras pueden curarte, dichas de frente,
mirándote a los ojos, sabiéndote parte de los gestos
que deseas rehuir. No rompas el espejo de la voz.

La desdicha es el disfraz del diablo, que es lo mismo
que el horror. Esa fuerza voraz y no auténtica que
lastima por dentro. Su maquillaje adquiere la forma
de una máscara macabra para una fiesta fuera de temporada.
Y no te deja que le hagas preguntas. Te consumes.

Vuélvete otra vez. Recuerda. Haz ese pequeño esfuerzo
de limpiarte la cara, de escuchar a quien te quiere
(Aunque no le hagas caso), porque eso también cura.
Palabras y gestos contra el dolor de la desdicha.
Y busca en el arcón aquel vestido con el que ibas desnuda.

Chuff!!

martes, octubre 20, 2009

La revolución de los mulos


Algo destruye el tesoro, soy el mulo de la tahona que anda en círculos. Se me ha negado el camino hacia el horizonte. Una y otra vez el tesoro desaparece ante mí. El pozo está lleno de deseos y de cadáveres y bebo de todo ello de la misma manera. El vértigo que produce la visión de su fondo oscuro ya no me hace efecto. Soy el mulo de la tahona. Trabajo fatigoso e inane el mío.

Vuelvo a donde empecé y tengo las manos vacías y los ojos llenos de sueños. El pozo me envenena; sé que tras el horizonte está el arcón que guarda las arras de la voluntad que me desposó, mas ya repudié a semejante consorte infiel. Es la tristeza y el aburrimiento lo que muelen las muelas que cargo; el grano desgranado, los sueños rotos, quimeras deshechas en la amargura del círculo.

En la venta se reparan los peregrinos del camino. Resarcidos de las llagas continúan su viaje hacia el horizonte. Yo los miro dormir tras los cuarterones iluminados de sus alcobas, refrescándose en sus barreños de agua templada y bebiendo el agua que recogieron de los arroyos que atraviesan los senderos de la libertad. Rezan por mí sus triduos atribulados mientras troto menguado en círculos, de sol a sol y de luna a luna. Una mañana se irán y otros llegarán; limpiarán sus ropas talares y sus barbas mugrientas serán pasto de las llamas del hogar mientras ríen recogidos y con sus caras limpias.

El horizonte guarda un tesoro que no es para mí. Lo aprendí ayer cuando la estación del frío me enseñó sus dientes blancos otra vez. Y ya el vaho vitriólico que emana el caudal del pozo resuda en mi belfo enmudecido por las bridas de la desesperanza. Nada significa para mí la libertad si la voluntad me abandonó castrado, roto y desposeído. Esclavo de la rutina. Círculos. Y la bestia libre y fría, cada vez más bestia, amenazándome con sus colmillos. Se pone el sol tras el horizonte, o quizá es el alba lo que atraviesa mi imaginación amputada.

Epílogo:

El mulo que tira de las muelas en círculos verá, en su sofocante trayectoria, de igual manera el ocaso y la aurora. La rutina hacen de él la bestia más mansa de todas las bestias y, una vez domeñada su bestialidad natural en una angustiosa rutina, su propia condición de libertad queda anulada hasta el punto más indigno de lo posible. Es la esclavitud total del cuerpo y la mente, porque nada hace que pueda distinguir el ocaso de la aurora.
La pregunta es: ¿somos nosotros mulos también? Somos, quizá, bestias amansadas, domadas (domesticadas) hasta los límites de la esclavitud más absoluta. ¿No cabe una revolución? Es importante ser libres, aunque nos vaya la vida en ello. Pero la revolución de la que hablo ha de ser sencilla, pausada y personal. Ha de ser la búsqueda y el encuentro (ambas cosas a la vez) de las cosas más simples y que tenemos a mano. Empezando por no dejarnos amaestrar por el rutilante efecto de la mediocridad con la que nos invaden a diario. Y el asombro por lo simple es el principio de todo.
(Este relato está inspirado en la entrada de Antonio Castellón http://dunsany8.blogspot.com/2009/10/lo-mediocre.html en su blog: "Lo mediocre" a quien le dedico estas líneas).
Chuff!!

lunes, octubre 19, 2009

Tribulaciones varias

.
Dosificado el cansancio, me olvido de ti.
Purgado el veneno de tu recuerdo, me mantengo
en la vigilia del no sufrimiento, sin aspavientos.
Ahora sé lo que es beber solamente agua mojada en agua:
esa cosa insulsa que no sabe a nada de nada.

Están todos los pañuelos lavados a conciencia
y bien metidos en el cajón de los calcetines,
Todos en un saquito azul marino que encontré por casualidad.
La misma casualidad con la que me encontré contigo.
Los calcetines son los vecinos perfectos del llanto resacoso.

Toma mi nada, esa cosa que hace que no nos tengamos en cuenta.
Ni para imaginarnos, ni para deslizar siquiera por nuestra mentes
la opacidad del impulso fúnebre que hace que no nos queramos.
Por el pasillo de nuestras casas vacías la nada también vaga sin saludar.
Yo también tengo tu nada y miro el cajón cerrado de arriba abajo.

Incide la levedad de mi vida en la inclinación de tu ausencia.
Evito caer por la cuesta abajo de tus recuerdos.
Se presenta ante mí la ambigüedad de tus sombras
y corro más lentamente hasta que me detengo impasible
ante mis pensamientos. Defección necesaria.


Chuff!!

viernes, octubre 16, 2009

Una noche que se llama otoño



Hoy me di cuenta de que aún queda un lugar para el otoño en mi cuerpo. En algún sitio de mi anatomía se alojan las hojas que se resecan cansadas y el viento helador del nordeste con su luz oblicua de la tarde. Tan sólo ayer lo habría repudiado como quien reniega de su propia alma, ahora me doy cuenta. Pero hoy me he palpado mi propia piel en el viejo castaño del parque, me he reconocido en el reflejo incoherente del agua gris del estanque. «Has de creer en lo que nunca viste, incluso amarlo» fueron sus palabras. «Me reconocerás por el destello que queda de lo que únicamente puedes intuir». En ese momento el reflejo se desvaneció en ondas y a mí me pareció perder la vista.

Llegó la noche y en cada rincón del otoño permanecen los colores que intuyo. Busco un nombre para llamarla, porque no todas las noches son iguales. No todos los peregrinos tienen el mismo nombre aunque pasen siempre de largo. Todo se escapa a mi entendimiento y no encuentro la forma de llamar a esta luz agotada. Entonces, toco mi cuerpo y quiero sentir al castaño, y mi aliento quiere ser el viento frío, pero no encuentra el haz oblicuo que hace de mí una estación del año. Ha llegado la hora, el momento, el instante de creer que todo fue una ilusión. Entonces recuerdo las palabras del reflejo indigente que me habló esta tarde y me percato de que no hace falta ver la vida para creer en ella, ni sentir tu piel para amarte. A esta noche la llamo «otoño» y a mañana «lugar de encuentro». Aunque tú no estarás conmigo.


Chuff!!

jueves, octubre 15, 2009

Hoy seré tú - El conjuro -

Este día es para ti.

Allá estás entre tus artilugios, leyendas y fórmulas.
Desubicada, distraída, aturdida por la distancia de sus palabras.
Pero una vez evocado el conjuro de nuestra amistad pura,
yo seré tú y me haré mujer, más mujer que cualquier otra,
para sentir muy adentro lo que grabó el poeta. Permanecerás en mí.
Mis oídos serán los tuyos y mi corazón y mis ojos y mi asombro y mi encantamiento.


Su voz, su carisma, su figura vieja y sabia,
y todo el eco de sus palabras lo guardaré en tu alma y tu médula.
Viajará la poesía por los laberintos de tus venas para llenarte cielos.
Para cubrirte de sueños, para animar tu desvelo.

Tú estarás en esa sala, cariño, con el poeta. Te doy mi palabra.

Un abrazo (el mejor, de conjuro)
Chuff!!