Hoy quisiera contar una cosa sencillamente. No sé si sabré hacerlo, porque la cosa es harto complicada. Me siento mal y deprimido. Hay días que desearía no haberme levantado de la cama y éste ha sido uno de ellos.
No hay nada que más me apene que alguien utilice mis palabras dichas con honradez y sinceridad, no sin cierta ingenuidad, para luego beneficiarse o echármelas en cara en la primera ocasión que le convenga. Eso es lo que me ha pasado a primera hora de la mañana y no es la primera vez, y sé que tampoco será la última. Intentaba apaciguar los ánimos entre varios compañeros que, habiendo discutido hace días en mi ausencia, no se hablaban entre ellos. Su actitud comenzaba a afectar al resto, porque irremediablemente todos los demás se veían en la necesidad de tomar partido. Por ello, creí necesario tomar algún tipo de medida que, en conciencia, no era otra que hacer que los dos compañeros resolvieran sus diferencias hablando, dialogando, entre ellos. Primero, me reuní con cada uno para conocer de primera mano sus versiones y convencerles de la necesidad de que todo volviera a la normalidad. Lo hice discretamente para que nadie se sintiera cohibido. A cada uno le otorgaba un punto de razón (la razón última y verdadera no existe nunca y menos cuando hay prejuicios involucrados) y corroboraba con ejemplos propios sus frustraciones, haciéndoles ver acto seguido cuál es el resultado de una actitud negativa, repito, con ejemplos que ellos conocían de mí con alguna otra persona conocida. Eso funciona, porque uno se percata que los problemas son comunes y además tienen solución. El éxito del equipo está basado en la cooperación, etc… Después, ellos mismos tomaron la iniciativa de hablar entre ellos y llegar a un acuerdo duradero. Así me lo manifestaron: bajamos a la calle a tomar un café y a charlar. Perfecto, les digo, tomaros todo el tiempo que necesitéis.
Verdaderamente funcionó. En pocos minutos el ambiente volvía a ser como el de semanas atrás y yo me congratulaba del éxito, sin ninguna exaltación por mi parte para no dar ningún protagonismo a mi intervención. Ellos eran los protagonistas y sólo ellos.
Al poco, en un momento que nos encontrábamos solos uno de ellos y yo, le pregunto qué tal fue la charla y le hago saber mi alegría por el cambio de actitud que había notado. Me empieza a contar por encima lo que ya me había contado anteriormente y me suelta la historia personal y propia que yo le había confiado al otro y en la que este último había sido (fue) el objeto de mi frustración. Por lo visto, los dos llegaron a la conclusión de que yo era un cabrón y un mentiroso que lo único que quería era que hubiera paz en el corral para que no afectara a la producción. Sin decírmelo así, más o menos, eso se podía entrever. Claro, yo soy un cabrón, no pasa nada, ¿tú estás bien?, pues eso es lo único que importa.
Me voy a comer con otro compañero. Llevo una semana organizando la cena de Navidad para todos. Es difícil acordar una fecha en diciembre que nos venga bien a cada uno; unos están más dispuestos que otros y a aquellos no les importa lo que los otros hagan. Pero este año no, me dije. Este año vamos todos. Por eso he comenzado a organizarlo mes y medio antes. Les reuní y les dije por qué era importante que nos juntáramos. Les puse ejemplos de lo que habíamos conseguido juntos, los objetivos cumplidos, el valor del esfuerzo individual para motivar al compañero, los beneficios sociales que todos hemos logrado para nosotros mismos en nuestro propio entorno de trabajo, el buen ambiente, la confianza y seguridad ganada ante nuestros jefes, el éxito de no ver a ningún compañero despedido como ocurrió en otras delegaciones. Por fin, todos acceden de buena gana y acordamos una fecha que a todos nos viene bien. Mi compañero y yo estamos comiendo y charlamos sobre ello. Le digo, es el primer año que vamos todos juntos a la cena de Navidad, estoy contento, es bueno para la oficina y si tiramos así una temporada no habrá obstáculo que nos venga por la proa y no podamos atajar. Somos los mejores de todo el clúster y la tripulación está contenta y con la autoestima en su sitio. Él me dice, no te emociones. Va a haber problemas, porque Fulanita quiere traer a nuestro antiguo jefe y a un amigo. Cuando tú no has estado esta mañana (he bajado a tomar un café) ha empezado a decir a todos que Menganito iba a venir también con un amigo (al que todos conocemos, pero que ni siquiera fue compañero nuestro). Ya hay gente que ha empezado a rajarse. Menganito era el antiguo jefe con quien nunca hubo consenso para nada y yo le digo a mi compañero lo que pienso: Lo que quiere es todavía manejar el cotarro a su voluntad, incluso jubilado, y estar en la cena como si todavía fuera el mandamás que fue una vez. Tengo un gran problema, porque me va a ser difícil, por un lado mantener la coherencia si permito que venga y, por otro, soliviantar a alguno si no lo permito. Creo que se me va a ir todo mi trabajo al garete por ello.
Subo de comer. Me digo que por fin es viernes a la tarde y que le den por culo al culo que para eso es culo. Me pongo a leer mi correo y no quiero que nadie me distraiga con nada más. Leo todo lo que tenía pendiente y contesto, no dejo nada urgente y estoy contento. Pienso en la regata del domingo y llamo a un amigo. Un barco es como una oficina, sólo que del barco no te puedes ir a la calle o a casa si te enfadas. Si en un barco dejas de trabajar, tu actitud puede matar a toda la tripulación. Si discutes con un compañero, el barco no navega como debería hacerlo. Si no hay disciplina en un barco, unas normas, el barco no llega nunca a su destino. Yo lo he visto, un nudo mal hecho, que luego nadie supervisó y nadie corrigió, al final hace que una driza no se pueda arriar al momento en una racha de viento fuerte y el barco escora demasiado, la vela es cubierta por una ola, embolsa agua y la embarcación rápidamente queda con la quilla al sol y la tripulación naufragando. Eso es así y una oficina no es diferente. Quedo con mi amigo. Jamás he visto una discusión en un barco que afectara a la navegación y nunca he navegado con un patrón que no revisara los nudos de las escotas y las drizas. Si conociera a algún patrón así, no embarcaría con él. Y si es mi barco, nadie sube a bordo si no estoy seguro de su talante (excepto si vienen de pasajeros, en cuyas circunstancias les digo que no toquen nada y se tumben a tomar el sol). Mi amigo es un buen patrón. Mi amigo, además, confía en mí. Ambos tenemos muchas millas por la popa. Me entra un mail cortito. Es de Alemania, del comercial que atiende nuestra cuenta más importante, y dice así: Hemos perdido a XXX (la cuenta más importante). A partir del día 30 no habrá más pedidos. Me pongo a llorar. Pienso en el trabajo en equipo, en los objetivos, en la cena de Navidad, en Fulanita y Menganito, en lo cabrón que soy. Lloro, pero nadie me distrae. Me siento solo y hastiado. También he navegado en solitario muchas veces, antes me gustaba más, pero ahora prefiero a un buen amigo al lado. Una oficina es como un barco, también necesitas un buen amigo al lado en quien confiar tu vida, pero no lo tengo.
Hoy ha sido uno de esos días horribles. Me siento solo. Muy solo. El lunes comunicaré la noticia y veré qué puedo hacer con la cena de Navidad. A veces no sé si llegaré a algún destino o si este barco se hundirá. Y yo con él.
Chuff!!