domingo, noviembre 14, 2010

A propósito de las islas y a propósito de los ruidos


Para MBI:

¿Son las islas un error de la Naturaleza? ¿Emergieron éstas de las profundidades por una negligencia divina?, ¿por un descuido, tal vez? Ahí están, puntitos en los mapas de los océanos y sin embargo «sumergidas, calmas y casi siempre anónimas» a la mirada altiva de los continentes y sus habitantes. No existe lo que no se conoce; no existe lo que no se puede explicar y, todo ello, aunque lo puedas tocar. ¿Son nuestras miradas continentales olas descarriadas guiadas por las inconmesurables fuerzas de presiones atmosféricas y las leyes herzianas, y en su inercia mundana, arrogante y arrasadora, pasan sobre ellas anegándolas en la ceguera de nuestra vanidad? Todo vuelve a ser como era, el mar te devuelve lo que le arrojas, y hoy nuestro mapa es como lo fue antes del tsunami colonizador archivado en los anales de la Historia. Para las islas de nuestro mundo parece existir solamente aquel pasado ignominioso de invasiones y explotaciones, de conquistas estratégicas y experimentos atómicos. Tal vez por eso no deseamos que existan y por ello no las nombramos. La Historia reconoce el pasado de nuestras acciones y nosotros no reconocemos el presente. Ese es el pecado de la Humanidad y en ese pecado que no es dado de nacimiento como un pecado original que nunca supimos encontrar en ninguna Biblia, renegamos de la existencia de lo que no podemos ver. Islas, sumergidas éstas, silenciosas y calmas, violadas con nombres propios para la Historia y anónimas para el presente.

Para TEMPERO:

Solamente quien sabe escuchar el silencio hace la guerra al ruido. No se pueden separar los sentidos, como no se puede separar la flor del tallo, ni el tallo de la tierra, tampoco hemos de separar la vista del oído. Lamentablemente, hemos de trancar las orejas y cerrar los ojos si no queremos ser penetrados por el monstruo, escuchar los estertores de su eyaculación y sentir su aliento en la nuca. Somos ruido cuando no aprendemos a domar nuestros sonidos. Somos decibelios desbocados nada más si no somos capaces de hablar con el silencio, de escucharle y hacerlo nuestro. El ruido es una bestia a la que hay que hacer la guerra y nuestras armas son la voluntad y la contemplación. Nuestros aliados, la lluvia, la brisa, una sonata de Mozart y la soledad. Nuestros aliados, cada uno tiene los suyos y con ellos venceremos. Nos sentiremos dueños de la noche y las estrellas, dueños de la invasión tranquila de las mareas en un estuario solitario, dueños del nacimiento de una puesta de sol, del canto de un pájaro, del volar majestuoso de un águila y dueños de la respiración propia y ajena que siempre nos acompaña.


Gracias a todos los que me seguís. Estáis en mis islas y mis silencios.


Chuff!!

miércoles, noviembre 10, 2010

Duelo de ojos

Uno tiene asumido que todo se vuelve oscuro cuando cierra los ojos. Pero no es lo mismo que algo se vuelva oscuro a que desaparezca, deje de ser, de existir. Lo mío es un caso raro, tengo párpados selectivos. Pueden ser la pátina que decolora la vida, pero pueden ser muy destructivos también. Te fulminan y dejas de existir. ¡Pum!

Viendo la televisión, me he dado cuenta de que solamente llueve en A Coruña. Qué cosas. Aquí debemos estar tomando el sol todo el año, aunque caigan chuzos. Un breve comentario de algún destrozo ocasional en algún paseo marítimo guipuzcoano, pero eso es todo. Lo gordo, en cuestión de borrascas y ciclogénesis explosivas, ocurre en A Coruña. En Soria, por ejemplo, nunca pasa nada. Ni en Cuenca, ni en Zamora, ni en Albacete. Por no haber, no hay ni turbulencias políticas ni fraudes mediáticos. Vamos, que si queremos ver llover, lo que se dice llover, hay que ir a Cabo Prior o a Costa da Morte. Y si lo que se quiere es fotografiarse con un terrorista fanático, entonces sí, entonces el mejor sitio es el País Vasco. Ahora bien, si lo que uno quiere es vivir sin sobresaltos de ningún tipo y no le importa perderse festivales, grandes eventos mediáticos tipo coches, run-run, o motos ran-ran, o exhibiciones artísticas, ópera, teatro, vamos, perderse todo lo bueno de esta vida, solo tiene que irse a… ¿Teruel?, o a Cuenca. Hoy he leído que al primer ministro de Bután le llama todo el mundo al móvil para pedirle cualquier chorrada. Sí, sí, cualquier ciudadano tiene su número de teléfono, está en la guía. Y el pobrecito ministro dice que quieren pasar de ser un país invisible a otro moderno. Como pasar de ser Badajoz a ser… Barcelona, qué cosas, no sabe lo que dice. Pero cómo se le habrá ocurrido abrir los ojos, será ingénuo.

Es una guerra de ojos y párpados, un duelo. Enciendo la tele y a ver quién fulmina a quién. Ellos tienen sus armas y yo las mías. A estas alturas, algunos están muy muertos, no son, no existen. Selecciono de puta madre. Qué control.


Chuff!!

domingo, noviembre 07, 2010

Vuelve la noche

Hay un camino que observa la luna tras las nubes y estoy en él. Tú no estás. Tú eres el reflejo en los charcos y olor de los eucaliptos. La luna puede ver a través de esa bóveda húmeda, aunque no deja pasar su luz. La luna observa mi camino oscuro. Ando a tientas, tropiezo. A veces tengo que sentarme para no caer. Hay una piedra en la linde junto a la cabaña y la reconozco. Es ahí donde solía parar a comer el bocadillo. Siempre hay gaviotas, aunque no se ve el mar pero se puede oler. Yo lo huelo y tú no estás. No me gusta el aspecto de la noche y no me gusta este bosque de tinieblas. Te busco bajo estas odiosas nubes. Busco, pero tengo la certeza de que no te encontraré, solamente los charcos reflejan tu recuerdo y el olor de los eucaliptos me trasladan a otra oscuridad de sueños.

Amanece y despierto, por ese orden. Busco el sol, pero todavía se esconde tras la ladera. Las gaviotas sobrevuelan el trozo de cielo que dejan ver los árboles. Hay muchos eucaliptos y pinos, y junto a la cabaña, un gran castaño. Me gusta estar solo y pensar en ti. Ayer tuve la necesidad de huir y comencé a andar. Ahora estoy aquí y creo que va a hacer un buen día. El camino conduce al puerto. Cuando llegue, el sol ya estará muy alto y tú estarás allí y yo ya no querré estar solo. Me daré un baño en el rompeolas, luego comeré un bocadillo con una cerveza en el bar de siempre y le diré a alguien que me fotografíe junto a ti. Detrás de nosotros estará el horizonte azul y guardaremos la foto en la cartera.

Pero vuelve la noche. Vuelve la noche y tú no estás.


Chuff!!

sábado, noviembre 06, 2010

En tierra y sin amigos

Hoy quisiera contar una cosa sencillamente. No sé si sabré hacerlo, porque la cosa es harto complicada. Me siento mal y deprimido. Hay días que desearía no haberme levantado de la cama y éste ha sido uno de ellos.

No hay nada que más me apene que alguien utilice mis palabras dichas con honradez y sinceridad, no sin cierta ingenuidad, para luego beneficiarse o echármelas en cara en la primera ocasión que le convenga. Eso es lo que me ha pasado a primera hora de la mañana y no es la primera vez, y sé que tampoco será la última. Intentaba apaciguar los ánimos entre varios compañeros que, habiendo discutido hace días en mi ausencia, no se hablaban entre ellos. Su actitud comenzaba a afectar al resto, porque irremediablemente todos los demás se veían en la necesidad de tomar partido. Por ello, creí necesario tomar algún tipo de medida que, en conciencia, no era otra que hacer que los dos compañeros resolvieran sus diferencias hablando, dialogando, entre ellos. Primero, me reuní con cada uno para conocer de primera mano sus versiones y convencerles de la necesidad de que todo volviera a la normalidad. Lo hice discretamente para que nadie se sintiera cohibido. A cada uno le otorgaba un punto de razón (la razón última y verdadera no existe nunca y menos cuando hay prejuicios involucrados) y corroboraba con ejemplos propios sus frustraciones, haciéndoles ver acto seguido cuál es el resultado de una actitud negativa, repito, con ejemplos que ellos conocían de mí con alguna otra persona conocida. Eso funciona, porque uno se percata que los problemas son comunes y además tienen solución. El éxito del equipo está basado en la cooperación, etc… Después, ellos mismos tomaron la iniciativa de hablar entre ellos y llegar a un acuerdo duradero. Así me lo manifestaron: bajamos a la calle a tomar un café y a charlar. Perfecto, les digo, tomaros todo el tiempo que necesitéis.

Verdaderamente funcionó. En pocos minutos el ambiente volvía a ser como el de semanas atrás y yo me congratulaba del éxito, sin ninguna exaltación por mi parte para no dar ningún protagonismo a mi intervención. Ellos eran los protagonistas y sólo ellos.

Al poco, en un momento que nos encontrábamos solos uno de ellos y yo, le pregunto qué tal fue la charla y le hago saber mi alegría por el cambio de actitud que había notado. Me empieza a contar por encima lo que ya me había contado anteriormente y me suelta la historia personal y propia que yo le había confiado al otro y en la que este último había sido (fue) el objeto de mi frustración. Por lo visto, los dos llegaron a la conclusión de que yo era un cabrón y un mentiroso que lo único que quería era que hubiera paz en el corral para que no afectara a la producción. Sin decírmelo así, más o menos, eso se podía entrever. Claro, yo soy un cabrón, no pasa nada, ¿tú estás bien?, pues eso es lo único que importa.

Me voy a comer con otro compañero. Llevo una semana organizando la cena de Navidad para todos. Es difícil acordar una fecha en diciembre que nos venga bien a cada uno; unos están más dispuestos que otros y a aquellos no les importa lo que los otros hagan. Pero este año no, me dije. Este año vamos todos. Por eso he comenzado a organizarlo mes y medio antes. Les reuní y les dije por qué era importante que nos juntáramos. Les puse ejemplos de lo que habíamos conseguido juntos, los objetivos cumplidos, el valor del esfuerzo individual para motivar al compañero, los beneficios sociales que todos hemos logrado para nosotros mismos en nuestro propio entorno de trabajo, el buen ambiente, la confianza y seguridad ganada ante nuestros jefes, el éxito de no ver a ningún compañero despedido como ocurrió en otras delegaciones. Por fin, todos acceden de buena gana y acordamos una fecha que a todos nos viene bien. Mi compañero y yo estamos comiendo y charlamos sobre ello. Le digo, es el primer año que vamos todos juntos a la cena de Navidad, estoy contento, es bueno para la oficina y si tiramos así una temporada no habrá obstáculo que nos venga por la proa y no podamos atajar. Somos los mejores de todo el clúster y la tripulación está contenta y con la autoestima en su sitio. Él me dice, no te emociones. Va a haber problemas, porque Fulanita quiere traer a nuestro antiguo jefe y a un amigo. Cuando tú no has estado esta mañana (he bajado a tomar un café) ha empezado a decir a todos que Menganito iba a venir también con un amigo (al que todos conocemos, pero que ni siquiera fue compañero nuestro). Ya hay gente que ha empezado a rajarse. Menganito era el antiguo jefe con quien nunca hubo consenso para nada y yo le digo a mi compañero lo que pienso: Lo que quiere es todavía manejar el cotarro a su voluntad, incluso jubilado, y estar en la cena como si todavía fuera el mandamás que fue una vez. Tengo un gran problema, porque me va a ser difícil, por un lado mantener la coherencia si permito que venga y, por otro, soliviantar a alguno si no lo permito. Creo que se me va a ir todo mi trabajo al garete por ello.

Subo de comer. Me digo que por fin es viernes a la tarde y que le den por culo al culo que para eso es culo. Me pongo a leer mi correo y no quiero que nadie me distraiga con nada más. Leo todo lo que tenía pendiente y contesto, no dejo nada urgente y estoy contento. Pienso en la regata del domingo y llamo a un amigo. Un barco es como una oficina, sólo que del barco no te puedes ir a la calle o a casa si te enfadas. Si en un barco dejas de trabajar, tu actitud puede matar a toda la tripulación. Si discutes con un compañero, el barco no navega como debería hacerlo. Si no hay disciplina en un barco, unas normas, el barco no llega nunca a su destino. Yo lo he visto, un nudo mal hecho, que luego nadie supervisó y nadie corrigió, al final hace que una driza no se pueda arriar al momento en una racha de viento fuerte y el barco escora demasiado, la vela es cubierta por una ola, embolsa agua y la embarcación rápidamente queda con la quilla al sol y la tripulación naufragando. Eso es así y una oficina no es diferente. Quedo con mi amigo. Jamás he visto una discusión en un barco que afectara a la navegación y nunca he navegado con un patrón que no revisara los nudos de las escotas y las drizas. Si conociera a algún patrón así, no embarcaría con él. Y si es mi barco, nadie sube a bordo si no estoy seguro de su talante (excepto si vienen de pasajeros, en cuyas circunstancias les digo que no toquen nada y se tumben a tomar el sol). Mi amigo es un buen patrón. Mi amigo, además, confía en mí. Ambos tenemos muchas millas por la popa. Me entra un mail cortito. Es de Alemania, del comercial que atiende nuestra cuenta más importante, y dice así: Hemos perdido a XXX (la cuenta más importante). A partir del día 30 no habrá más pedidos. Me pongo a llorar. Pienso en el trabajo en equipo, en los objetivos, en la cena de Navidad, en Fulanita y Menganito, en lo cabrón que soy. Lloro, pero nadie me distrae. Me siento solo y hastiado. También he navegado en solitario muchas veces, antes me gustaba más, pero ahora prefiero a un buen amigo al lado. Una oficina es como un barco, también necesitas un buen amigo al lado en quien confiar tu vida, pero no lo tengo.

Hoy ha sido uno de esos días horribles. Me siento solo. Muy solo. El lunes comunicaré la noticia y veré qué puedo hacer con la cena de Navidad. A veces no sé si llegaré a algún destino o si este barco se hundirá. Y yo con él.


Chuff!!

lunes, noviembre 01, 2010

Los sin nombre

Era la misma carretera que recorría con mi padre de niño, buscando hojas de morera para los gusanos de seda. Ahora estaba llena de cadáveres. El río aún quedaba lejos, más allá de los viñedos. Toda aquella gente eran vecinos de los pueblos cercanos, hombres y mujeres, ancianos algunos y niños también. Una mujer joven me miraba. Su expresión era de asombro, tenía los ojos muy abiertos, oscuros como su cabello, la piel blanca y llevaba puesto un abrigo rojo abrochado hasta el cuello. Sus piernas componían una figura geométrica ridícula porque debía de haber trastabillado antes de caer al arcén lleno de hojas secas. Estaba debajo de un árbol de morera. Si hubiera estado viva la habría besado, tal vez, y le habría dado un tiro de gracia. Nadie merece una muerte lenta, ni siquiera yo. Por eso llevaba una ampolla con una dosis letal de morfina adherida en el pecho, aunque hacía una semana que no había tenido necesidad de pensar en ella. Todos tenían un tiro en la cabeza, excepto aquella mujer joven del abrigo rojo. Encendí un cigarro. Había hojas tiernas en el árbol. No conviene cortar las hojas del final de las ramas, sino las más alejadas, y la poda ha de hacerse desde el tallo. Los gusanos de seda son animales muy delicados. Los tenía en una caja de zapatos cuya tapa habíamos agujereado para que entrara el aire. Los capullos eran amarillos. A mí me gustaba cogerlos y observarlos a la luz, luego volvía a dejarlos en su sitio deseando no haber interrumpido la transformación que se estaba produciendo dentro de ellos. El viento comenzó a barrer las hojas secas y a desplazarlas arremolinadas hacia la carretera. Una de ellas fue a parar sobre sus labios. Su expresión quedó truncada. Más hojas sobrevolaron su cuerpo y yo me acerqué para limpiarle la cara. Me miraba, pero parecía no querer decir nada en especial, no podía imaginar cuál habría sido su último recuerdo. Cogí la hoja del tallo y la desplacé lentamente hacia un lado. En la caja de zapatos había un gran rótulo azul: «lotusse». La cerraba decepcionado después de largo rato porque las mariposas parecían no querer salir al exterior. La miré fijamente y me pareció que respiraba, un botón del abrigo en su pecho palpitaba. Me levanté. Nunca había mariposas. Abría la tapa cada mañana y los gusanos seguían allí, cada vez más grandes, y los capullos, y las hojas de morera mermadas. Me levanté junto a ella. Ya no hacía viento y los árboles se habían callado. Arranqué una hoja tierna del árbol por el tallo. Se la puse en la boca, la besé. Después, saqué mi arma y la rematé con un tiro de gracia. Es mejor que los cadáveres no tengan nombre, tampoco tenían nombre mis gusanos que nunca se convertían en mariposas. Vine para olvidar y me acordé de ti, pero nunca sabrás mi nombre.


Chuff!!