domingo, marzo 06, 2011

El tío Txalus y su lección

Mi tío Txalus tenía gallinas en el caserío. Siempre andaban por ahí sueltas picando el suelo como poseídas por la obsesión absurda de pensar que los pequeños guijarros del camino eran comestibles. Sin embargo, a pesar de la pompérrima alimentación, todas alcanzaban cierta edad y todas ponían huevos. Un gallo muy puesto y muy dandy se ocupaba de tenerlas preñadas hasta que les llegaba la hora de la cazuela. Mi tío Txalus sólo tenía que agacharse para hacerse con un montón de huevos cada mañana. Dios mío, qué huevos, todavía me acuerdo. Yo era un crío. Los mayores se juntaban en el portal del caserío en verano, flanqueado a un lado por una parra de donde colgaban racimillos de uvas de txakoli, un tanto birriosas y maltrechas por los muchos txorlitos que hacían de ellas su pastizal preferido; y por el otro lado, un camino que continuaba hacia las huertas y, más allá, hacia el monte. Aquel portal significaba la última oportunidad para quien dudaba si proseguir hacia el bosque o dar por finalizado el paseo de la tarde. Algunos venían a comprar vainas, pimientos, tomates, cebollas y otras hortalizas, y mi tío se pasaba las horas charlando con ellos, vendiéndoles toda clase de verduras y huevos y qué sé yo. A mí se me hacían las tardes eternas y cuando me aburría de jugar en el río, o de espantar a las vacas del prado de un caserío vecino, me iba a una pequeña caseta donde las gallinas empollaban sus huevos. Un día, cansado de todos mis juegos y viendo que mi tío no reparaba ni lo más mínimo en mí, me senté bajo la parra. Allí estaba el gallo, muy tieso, organizando el corral con la mirada. Normalmente, le habría tirado alguna piedra para fastidiarle, pero aquel día estaba harto de todo. El gallo, al verme, se fue yendo poco a poco hacia la casetita, haciéndose el interesante, hasta que lo perdí de vista. Yo no pensaba en nada, hasta ese punto estaba aburrido, y me levanté y entré en el corral imitando los andares del hegémono del corral, con una mano haciendo de cresta en la coronilla y la otra haciendo de cola en el trasero; moviendo la cabeza hacia delante y hacia atrás a trompicones como hacía él. Había tres gallinas empollando, hinchadas y haciéndose las despistadas, aunque estoy seguro de que me vieron entrar haciendo el tonto. Me acerqué a una de ellas y la espanté dándole un txalo. Bajo su culo había tres hermosos huevos. Corrí detrás de ella, la muy pilla abría las alas queriendo echar a volar, pero la cerqué y la agarré del pescuezo. Seguía batiéndose, la muy condenada, pero yo la dominé cogiéndola como me había enseñado mi tío, por las patas y boca abajo. Le busqué el culo para ver si tenía algún huevo a punto de salir, pero no veía nada, excepto un montón de plumas apachurradas y sucias de vete a saber qué lindeza. Entonces, la aplasté como pude contra el suelo y hurgué más concienzudamente entre sus partes más innobles. Allí tenía el esfínter, una especie de anillito contraído, y a mí me pareció que de allí no podría salir nada tan grande como esos huevos que acaba de ver. Cogí un palo como un dedo de grueso y se lo metí por allí. La gallinita miraba hacia otra parte como si la cosa no fuera con ella. Introduje más adentro el palo, pero no me pareció que tocara nada tan duro como huevo. Del agujero empezó a brotar un líquido entre verde y ocre. Yo pensé que quizá había roto un huevo a medio hacer en sus entrañas, pero ella seguía mirando para otro lado como aguantándose el orgullo. Yo tenía unas piedras en el bolsillo que acababa de coger en el río. Solía coleccionarlas para luego usarlas como munición para el tirachinas. Eran unas cinco o seis, las saqué con una mano y se las fui metiendo una a una por el culo a la pobre ave que seguía mirando como si no ocurriera nada. Cuando hube terminado la salvaje operación, la dejé libre y me marché. Mi tío estaba dándole palique a una señora en el portal, pasé delante de ellos, me lanzaron una sonrisa especulativa y sin darles tiempo a decirme esta boca es mía, me introduje en la casa a ver la televisión.

Al cabo de dos días, mi tía anunció que había pollo para comer. A mí me pareció lo más normal. El tío Txalus se encargaba de escoger y degollar a una de las desafortunadas gallinas. El gallo lo miraba con un respeto animoso mientras elegía a una de las consortes de su harén. Una vez decapitada y desangrada, la desplumaba y chamuscaba los pelillos que habían quedado adheridos a la piel. Mi tía se encargaba después de cortarle las patas, trincharla, arrancarle las vísceras y luego meterla en la cazuela. Pero yo todo aquello lo veía de refilón, porque me había pasado la mañana por ahí jugando al fútbol, pescando o haciéndole la vida imposible al pobre burro que se aburría aún más que yo. Sentado a la mesa, mi tía sacó el primer plato que yo solía liquidar con fruición, y acto seguido, el pollo asado guarnecido con patatas a la inglé. Para mí solían apartar los muslos, pero aquella vez no fue así. Mi tía sirvió uno de ellos a su marido, el otro para ella y a mí me plantó un pedazo tosco y grueso mientras me decía: te ha tocado el bocado de la reina. ¿Qué es eso?, pregunté. Pero mi tía, muy dada a salirse por la tangente, me contestó: tú come y calla y ya verás. Hay que comer de todo. Yo no le di importancia, porque si yo me había otorgado el privilegio de poder fastidiar al burro y a las gallinas, ellos bien podían fastidiarme a mí sin ningún remilgo que lo impidiera. Aparté la piel chamuscada que guardaba, por se lo más sabroso, para el final; clavé el tenedor, hendí el cuchillo y me metí a la boca el primer trozo. Estaba lleno de huesecillos, lo cual me disgustaba más que otra cosa. Ensarté de nuevo el tenedor y levanté la pieza para observarla con detenimiento. Estaba hueca por uno de los extremos, guiñe un ojo y clavé la vista hacia el agujero con el otro. Había algo dentro, giré el tenedor para que la gravedad se encargara de vaciar lo que quiera que fuese que hubiera en su interior. Mis tíos estaban a lo suyo dando cuenta de los muslos que manejaban con las manos. Poco a poco, una a una, fueron cayendo cinco piedras al plato, toc, toc, toc… Mi tío, haciéndose el distraído, dijo: están un poco duras las patatas. Y mi tía: hay que ver con qué huesos más duros se crían estas gallinas. Yo no podía salir de mi asombro. Disimulé como pude las piezas artillería derramadas en mi plato entre los escombros de patatas y huesos. Mi tío, esta vez sin aguantarse, me observó de reojo y yo me hacía el sueco. Dije: tía, no tengo más ganas de comer. Pero en esto, mi tío Txalus, con una solemnidad que nunca había visto en él, me respondió: tú te comes todo lo que tienes en el plato. O eso, o te meto las piedras por el culo, tú verás. Yo me puse rojo como los pimientos choriceros que estaban colgados en el balcón. Supuse que si yo mismo me había otorgado el privilegio de instigar con crueldad a las gallinas para matar el aburrimiento, bien podían ellos también saldar su alienante ritmo de vida con alguna crueldad hacia un mocoso que holgazaneaba todo el día de aquí para allá sin hacer nada de provecho. Mi tío, levantó un centímetro mi plato por el borde y me lo arrimó más hacia mi pecho cubierto con una servilleta, quitó de mi lado la mano, aguantándose las ganas de darme un bofetón, y alzó la cabeza ordenándome que comiera. Yo estaba aterrorizado. Me imaginaba a mi tío aplastándome contra el suelo mientras mi tía me introducía, una a una, las cinco chinas aderezadas con salsa de pollo por el culo. Como no hacía muestras de llevarme nada a la boca, el tío Txalus cogió con la mano una de las piedras y lentamente me la puso delante de la nariz. Mi tía, con un muslo de pollo en la mano, seria, miraba la escena que debía de ser patética a más no poder. Por lo visto, yo no le inspiraba ninguna pena y me pareció que bien podría despellejarme y arrancarme las vísceras como hacía con los pollos y los conejos. Pasados unos interminables minutos en esa posición, mi tío volvió a depositar el guijarro en el plato, se levantó, encendió un cigarro y espetó: como te vea otra vez haciendo daño a los animales, te juro que te despellejo. No me acuerdo lo que le contesté, pero no volví a acosar a ningún bicho, ni al burro, ni al gallo ni las gallinas, ni al gato ni a las moscas.

Han pasado los años. Mi tío Txalus está en una silla de ruedas. Se pasa las tardes de verano en el portal del viejo caserío y mi tía anda de acá para allá cuidando de él y de la casa, pero han quitado la huerta y ya no tienen gallinas. De vez en cuando me acerco a visitarles y a darles palique, porque es lo que más les gusta. El otro día, mi tío tenía la vista fija en la pared, yo sentado junto a él sin decirle nada. Parecía que no había advertido mi presencia, sin embargo, sin tan siquiera moverse un ápice, me preguntó: ¿has vuelto a hacer daño a las gallinas? Yo le contesté: no tío, ni a las gallinas ni a ningún otro animal. Entonces, llevándose la mano al bolsillo de la camisa, sacó un cigarro y prosiguió: muy bien, vete al gallinero, mata una gallina y dile a la tía que la guise para cenar. Le encendí el cigarro que ya tenía en los labios y le dije, tío, ya no quedan gallinas. No decía nada, pensaba, quizá y yo continué: todo ha cambiado, tío, ahora no se tienen animales en casa, no sale a cuenta. Entonces, apartó la vista de la pared, volvió la cabeza hacia mí y me dijo: todo ha cambiado, el río tiene un nuevo cauce, en las huertas han construido apartamentos, el camino no tiene guijarros, no hay gallinas ni cochinos en el corral, yo no puedo caminar, todo ha cambiado, pero dime, hay algo que me tiene intranquilo ¿han acabado con la crueldad?, porque no puedo imaginar cómo cultivarán, criarán y matarán todo lo que una vez te sirvió para jugar y crecer y hacerte un hombre. Y yo pensé, o dije en alto tal vez: y para aprender, tío. Para aprender a ponerme en el lugar de los demás.


Chuff!!

4 zenyzas:

mariajesusparadela dijo...

Hay algunos errores en el texto: las gallinas no necesitan al gallo para poner huevos. El gallo solamente sirve para que, si empollan, salgan pollitos, porque los huevos están "cubiertos".
Empollar es estar sobre los huevos durante veintiún días, incubándolos,para que salgan pollos: las gallinas ponen el huevo y se levantan, no permanecen sobre él, a no ser que estén "cluecas" (con una fiebre especial que las hace incubar).
En las granjas de gallinas no hay ni un solo gallo. Cada gallina está dotada de un sistema de puesta que hace que cada vez que ve luz, ponga un huevo, por eso las granjas encienden las luces por la noche y las gallinas hacen dos puestas al día.
El mensaje es perfecto. Me encanta esa diferencia entre comer animales como supervivencia y ser crueles con ellos por sistema.

virgi dijo...

Me encantan tus historias, Zeny. Ya lo sabes, pero te lo repito. Esta es de lo más conmovedora a pesar de las maldades de un niño aburrido y con ganas de experimentar. Tus tíos son geniales. Conozco algo de gallinas, de pequeña, tuvimos muchas en casa, soy de pueblo, de jugar en la calle y esas cosas.
Un abrazo, no dejes de escribir, porfi.

Teyalmendras dijo...

Que rato mas entretenido acabo de pasar sumergido en tu texto... me gusta lo visual que resulta el relato... algo gore, pero el final relaja el conjunto.
Saludos ;)

Yolanda dijo...

He pasado un rato estupendo leyendo este escrito, risa, ternura, crueldad, añoranza... Tiene de todo un poco.
Te sigo.
Un abrazo