Me levanté de la siesta con la imperiosa necesidad de hacer varias cosas a la vez: mear, tomar café, comer fresas, comer chocolate con nueces y, lo peor de todo, escribir rápidamente en un papel la idea que me acaba de venir a la cabeza, medio en sueños. Como suele ser habitual en mí cada vez que me ocurre algo así, establecí un orden más bien atendiendo a la facilidad de disponer de cada cosa al instante en vez de atender a la verdadera urgencia por evitar olvidar lo que acaba de imaginar, y por eso me puse a escribir cuando hube terminado con todas las demás. Dicho esto, a estas alturas, no sé si me dejaré algo en el tintero, pero aún así procuraré transcribirlo. La idea consistía en dos cosas, también a la vez. La primera, que las penalidades de la vida no pueden estar desprovistas de todos esos hechos que visten esa penalidad en su plenitud, porque de ese modo el resultado es una conclusión sesgada. Los hombres tenemos la facultad de centrarnos solamente en aquello que creemos que nos trastorna y desdeñamos todas las vicisitudes que lo rodean, y así creamos incertidumbres o volvemos incierto, ambiguo o indefinido aquello que debería de ser exacto. Al final, no lo logramos resolver el problema, o no lo resolvemos completamente. Lo segundo, tenía que ver con un juego que consistía en la construcción de una figura geométrica, piramidal o romboide, hecha de naipes. La construcción debía entrelazar las cartas unas con otras en equilibrio unidas por cada vértice de la figura y, si bien el entramado básico entre dos vértices era una cuestión sencilla, sin embargo quien pudiera enlazar esa base con un tercer vértice situado simétricamente y equidistante de los otros, sería capaz de resolver cualquier otro problema en la vida. Tengo constancia de que estos pensamientos me vinieron a la cabeza estando prácticamente en vigilia, ya que mis siestas suelen ser una duermevela prisonera del estómago más que de la pura necesidad mental del descanso. Supongo que es una costumbre muy mediterránea y no sé si esta práctica constituye también parte de esa dieta que venden los medios como paradigma de la salud. Sin embargo, aún recuerdo cómo justo antes de que estas dos ideas me surgieran en la cabeza, me había sobrevenido un sueño. En él, mi hijo que aún no ha cumplido los diecisiete años y se hallaba en esos momentos convaleciente de una sencilla operación quirúrgica, se disponía a demostrar a los visitantes de lo que era capaz de hacer con un truco de prestidigitación. No puedo recordar sino trazos de ese juego y no estoy convencido de que tuvieran algo que ver con aquello que me sobrevino en la tenue vigilia posterior. Se trataba de algo así como que, mientras los invitados se encontraban sentados en el tresillo del salón de mi casa, él entraba por la puerta dispuesto a ejecutar un ejercicio con el fin de demostrar la tesis que yo les acababa de exponer. Iba a ser capaz de superar la prueba y con ello dejaría demostrado que también sería capaz de superar cualquier contratiempo que le pudiera surgir a lo largo de su vida. Mientras yo iba recitando los pasos del juego él iba interpretando con maestría el performance. En un momento dado, y porque no había tenido tiempo de preparar los utensilios destinados a hacerlos aparecer y desaparecer, mi hijo se escabulle a una esquina de la sala, cerca de un mueble donde se guarda la vajilla (lo llamamos vajillero) en cuya encimera hay un cuenquito con diversas cosas que a falta de mejor sitio, las dejamos ahí depositadas, semiescondidas para que no estorben. Ente ellas, escoge un caramelo que se mete a la boca, lo chupa, lo saca y lo vuelve a chupar para dejarlo otra vez en el cuenco. Es bastante frustrante, pero hasta ahí llega todo lo que recuerdo del sueño. Después de aquello pensé en el vestido de las penalidades así como en la construcción de la figura geométrica de naipes, todo a la vez, y cuando me levanté, tenía tal ansiedad en el cuerpo que no me quedó más remedio que comer fresas y chocolate mientras hervía el agua del café. Una vez escrito todo esto, no estoy convencido de que sirva para algo. En realidad, no estoy convencido de nada excepto de que las siestas de los sábados solo sirven para hundirme más en mi angustia. Algún día de estos tengo que salir de casa.
Chuff!!
15 zenyzas:
Vaya siestas más productivas... no me extraña que te angusties...
Siempre tus textos se convierten en un rato muy entretenido desde la pantalla del ordenador.
Saludos ;)
Un poco más que escribieras, Zeny, y ya estaba a punto de angustiarme también. Yo después de una cabezada en el sofá, nada de eso, fruta fresca...o me voy al nisperero de la huerta...si es que estoy por allí...
Besitos, sal a pasear, anda.
las siestas no me gustan será porque los castillos de naipes siempre se caen
Ah, Zeny, veo que sigues escribiendo estupendos cuentos.
Un abrazo grande.
Ojalá estés paseando.
Un beso.
¿Saliste de casa y no has vuelto aún?. Un beso, zen
¿Zen?...toc, toc. ¿Se puede?
Los problemas solo existen cuando uno cree que tener un problema, es un problema... Si se entiende el laberinto.. como el sueño de tu siesta.
Vengo despues de un tiempo.. sigo leyendote, sigo...
Un abrazo querido Zen, que estes bien :)
Hola!
:)
muakmuak
Joer, con la siesta, mu larga no? :)
Muuuuuak!!!
Sigue descansando si lo necesitas, solo quería decirte que acaba de pasar mi cumpleaños.
Pues yo, que soy muuu pesá! (lo sé) insisto, :):)
Ah! y un beso.
Y yo otro.
muak!!!!!!!
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