sábado, noviembre 26, 2011

Los nuevos tiempos

Used to be I could drive up to
Barstow for the night
Find some crossroad trucker
To demonstrate his might
But these days it seems
Nowhere is far enough away
So I'm leaving Las Vegas today

Sheryl Crow - «Leaving Las Vegas»

—Los nuevos tiempos—

Seguramente lo habréis oído: una lentilla ocular que contiene una antena y un procesador y la que, una vez instalada sobre la retina, actúa como una pantalla de ordenador o televisión. Es un gran invento. Mi amigo Richard J. Wrenchwright trabaja en el Centro de Investigaciones Científicas de San Diego, CA. Estuve con él el mes pasado, allí, en su dorada California. Él ha sido (y es) uno de los miembros del prestigioso equipo que ha llevado a cabo las investigaciones y más tarde impulsor del memorable proyecto que lo ha hecho realidad. Por eso él ha sido colaborador necesario en los ensayos clínicos con animales del nuevo artilugio. Decididamente, este invento va a dar un vuelco importante a la industria de la comunicación. Bueno, como digo, estuve con él y me mostró los documentos en los que se confirmaban los resultados positivos de estas lentillas probadas en conejos.

Yo estaba en San Diego por motivos de trabajo y, como había terminado con lo que me había llevado hasta allí antes de lo previsto, se me ocurrió llamarle. No lo había hecho antes porque desde hace años Richard es la persona más ocupada del mundo. Otras veces lo había intentado sin conseguir acordar una cita. De hecho, casi nunca contesta a mis mails ni a mis llamadas de teléfono, siempre con la misma excusa de falta de tiempo. El caso es que andaba solo en aquella ciudad fronteriza sin nada que hacer y con el billete de avión cerrado para el día siguiente. Me encontraba sentado en una terraza con una cerveza en la mesa y, por entretenerme con algo, enredaba en el directorio de mi teléfono móvil cuando de repente leí su nombre impresionado en la pantallita. Le llamé por llamar, por probar fortuna, y me contestó. Comenzó a hablarme acaloradamente, como es él, reflexivo pero locuaz. Todo hay que decirlo, nació en Santa Fe, Tx, y aunque no le pegue nada, tiene acento de cowboy comedor de chicle, por lo que me costó unos tres minutos cogerle el ritmo. Finalmente, acordarnos vernos para almorzar, pues en realidad nos hallábamos muy cerca el uno del otro. Richard es el típico científico con cara de sabiondo y empollón. Le están empezando a salir canas por todos los sitios, incluso por las orejas y la nariz, y las cejas le crecen por encima de unas gafas de montura de pasta, redondas, que se pasaron de moda en el S. XIX, por lo menos. Parece más alto de lo que es, porque los pantalones le cuelgan directamente desde la cintura y la cintura no es más que la sombra de un torso embutido en una chaqueta que no se quita ni para dormir y que le queda como el disfraz de un niño que ha saqueado el armario de su madre para el Carnaval.

Nos sentamos en un restaurante en Olney St., en Fiesta Bay. Pedimos enchilada y una botella de Californian Zinfrandel. Después de ponernos al día en las típicas cuestiones familiares, empezó a explicarme lo del proyecto. Yo le escuchaba con una mezcla de interés, terror y confusión. En realidad, uso poco la tecnología, me abruma todo eso. Yo soy del plan antiguo, le dije, pero cuando Richard habla de sus cosas, no escucha, o se escucha a sí mismo, mejor dicho. Las lentillas son un éxito rotundo, solo hace falta probarlas con humanos, me dijo. No ha habido rechazo biológico en los conejos y ahora ha llegado el momento de la verdad, la prueba de fuego, es decir, ensayar el implante ocular en humanos. Yo le escuchaba atentamente, un poco escéptico, pero con cierto interés circense. En mi mundo, esas cosas suenan a ciencia ficción, pero en el de mi amigo están a la orden del día. Le llené la copa de vino de nuevo, las enchiladas picaban lo suyo. Se restregó la espalda en el respaldo de su asiento, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un estuche anaranjado no más grande que un paquete de cigarrillos. Lo puso sobre la mesa y lo abrió delante de mí. Contenía una urna enana, transparente, y dentro de ella dos pequeñas lentes de un color entre sepia y marrón claro. Cogió una de ellas con sus puntiagudos dedos de ratón de laboratorio, acostumbrados seguramente a asir toda clase de secretos capitales e infames, y la alzó con arrobo al contraluz, comprobando su grandiosa autenticidad, su pequeño gran parto tecnológico. Yo me eché otro trago en la copa y sin saber qué decir exactamente, brindé por brindar, porque no se me ocurrió nada más apropiado. Pero mi amigo no suele captar ese tipo de indirectas y continuó con un docto monólogo sobre el nuevo futuro de la Humanidad y bla, bla, bla. Vaya. Después de cinco minutos quise cambiar el rumbo de la conversación y, sin venir a cuento, le propuse que me acompañara aquella noche a un concierto para celebrarlo. Me miró a través de sus anteojos decimonónicos con cara de avestruz y le pregunté si le gustaba Sheryl Crow, que en esos momentos sonaba en el local, «Leaving Las Vegas», y le expliqué que lo había visto anunciado en un periódico de la ciudad aquella mañana. A mí me encanta, seguro que lo pasamos bien. Soy un caso perdido, debió de pensar. Pero tendrás que ponerte otra chaqueta, le dije por decir, por quitarle hierro al asunto. Pero él debía de seguir pensando que qué leches tenía que ver una cosa con la otra.

Richard J. Wrenchwright tiene la cabeza más dura que el granito. Debajo de todas sus crenchas aturulladas se esconde el mineral menos permeable en forma de cerebro. Me dijo que sí, que iríamos al concierto si ese era mi deseo, pero que antes debía probar su invento. Ya no quedaba vino en la botella y le propuse pasar directamente al bourbon. Me dijo que sí por decir, por no llevarme la contraria, lo sé. Le aseguré que yo no podía ser la persona más indicada para su experimento y le pregunté por qué no lo probaba él mismo si tantas ansias tenía de hacerlo. Tengo quince dioptrías en cada ojo, me espetó, no funcionaría conmigo. Tienes que ser tú, insistió, en ti confío, tú estás fuera de todos los canales de espionaje industrial y además no usas gafas, estas lentillas no están graduadas. Por qué crees que hemos venido a este tugurio, me soltó, porque ya no me fío ni de mi madre. Definitivamente, Richard había bebido más de la cuenta, pensé. Aquello no era precisamente un tugurio, ningún sitio de California es cualquier sitio si te ponen mantel y servilletas en la mesa para comer. Acepté por aceptar, por seguirle la corriente y porque Sheryl Crow, el vino y el bourbon ocupaban en aquellos momentos la parte de mi intelecto que habría necesitado para negarme a ser la cobaya destinada a experimentar semejante barbaridad. Me dio una breve explicación. En realidad es muy sencillo, me indicó, en la parte superior izquierda verás un menú. Si parpadeas una vez con el ojo derecho, bajas el tabulador; si lo quieres subir, parpadeas con el izquierdo. Si deseas elegir la opción contorneada, parpadeas dos veces el derecho; si quieres ir hacia atrás, haces lo mismo con el izquierdo. El menú principal consta de cinco opciones, a saber: GPS, Wiklipedia, Cámara/Video, calculadora y diccionario de diez idiomas. Tira el chicle, le dije, no te entiendo nada, pero no tenía ningún chicle en la boca, simplemente arrastraba las palabras como buen tejano comedor de chicle. El diccionario no me hace falta, le respondí sarcástico. Sacó un colirio con el que impregnó las lentes, luego me hizo poner la parte cóncava de una de ellas en el dedo índice, levanté la cabeza, con el dedo de la otra mano sujeté el párpado y me coloqué el implante. Luego hice lo mismo con el otro ojo. Parpadeé ambos párpados de ambos ojos y todo empezó a darme vueltas. Una luz roja temblaba en la parte superior izquierda, se lo mencioné, estás grabando me dijo, es verdad, le dije, pone «rec», me resultó gracioso. Para pararlo tienes que parpadear tres veces con los dos ojos. Parpadeé cuatro veces, por lo menos, me picaba todo y volví a ver la cara de avestruz con gafas que había visto hacía veinte segundos diciéndome la misma estupidez con acento tejano de comedor de chicle. Qué ves, me preguntó. Te veo a ti otra vez, creo que estás borracho. Estoy aquí, me indicó moviendo la mano como si me estuviera yendo al otro barrio y necesitara asegurarse de que seguía en la vigilia de la frágil vida que se me iba. Quiero decir, que debo de estar viendo lo que he grabado. Páralo, me pidió. Parpadeé tres veces. Te veo, le dije. Muy bien, salgamos a la calle, señaló, es normal que la primera vez tengas estos problemillas de adaptación. Supongo que también le pasaría al conejo, le pregunté aturdido. No lo sé, me contestó, los conejos no hablan. No me había dado cuenta de eso, soy gilipollas. No te preocupes, estás nervioso. Giramos a la derecha y enfilamos Pacific Beach Drive. Parpadeé dos veces el ojo derecho y puse el GPS en marcha. A dónde quieres ir, le pregunté intentando parecer que dominaba la situación, te llevo a donde quieras. Tú mismo. Vamos a sacar las entradas. El concierto era un local de Parkview Terrace, no muy lejos de allí. El GPS me guiaba con una flechita; Lamont St y más adelante el Plaza Tennis Court. ¿Estás seguro de que es por aquí?, me preguntó. Lo dice el GPS, le respondí. ¿Alguien ha probado a mantener los ojos sin parpadear?, es imposible, parpadeé para sobrevivir al picor y se me encendió el diccionario. Sal de ahí, me dijo cuando se lo mencioné. Cómo. Parpadea dos veces con el ojo izquierdo. La «a»: «Primera letra del abecedario español y del orden latino internacional, que representa un fonema vocálico abierto y central.» Qué dices. Es lo que pone. Sal del diccionario. Parpadeo con el derecho. La «b»:«f. Segunda letra del abecedario español y del orden latino internacional, que representa un fonema consonántico labial y sonoro. Su nombre es be, be alta o be larga.» Que parpadees con el izquierdo. «Ax»: interj. desus. U. para expresar dolor. ¿Te duele? Me pica. Al conejo no le dolía. Los conejos no hablan. Deja de cerrar los ojos. «Bienvenidos a Wiklipedia»; vuelvo a parpadear y «"Rain Down" es el tercer sencillo del quinto álbum de Delirious? World Service. Escrita por el vocalista de la banda Martin Smith y el guitarrista, Stuart Garrard…». Sal de ahí. ¿Cómo?

Me estaba volviendo loco. A duras penas, conseguí sentarme en un banco en plena calle. Cerré los ojos, no quería abrirlos, me entró pánico. Noté cómo Richard se sentó a mi lado. No paraba de hablar y hablar, pero yo ya no le escuchaba. Le pedí que me ayudara a quitarme las lentillas, pero tampoco sé si él me escuchó. Tenía mi cara tapada con las manos. Entonces le oí gritar: ¡Mírame!; no puedo, contesté. Finalmente, deslicé mis manos con cuidado para que la luz no atravesara mis párpados. Percibí una luz tenue y difusa. Él me dijo, no ha funcionado. Lo siento, respondí, no son las lentillas, te previne que yo no era la persona indicada. Abrí los ojos lentamente, me lloraban y los supuse teñidos de rojo, totalmente inflamados. Agaché la cabeza y, con el dedo índice, despegué una lente y la otra después. Richard sacó su urna y las introdujo en ella con cuidado y desalentado. Lo siento, repetí. Una vez libre de aquel invento infernal sobre mis retinas, me levanté. Richard continuaba sentado. Tras sus gafas de pasta pasadas de moda adiviné una gran decepción. Le propuse tomar una copa, pero ni siquiera me miró. Vete, me dijo. Y me fui de allí con viento fresco.

Aquella noche cantaba Sheryl Crow. Le escuché interpretar Mississippi y All I want to do do is have some fun y Leaving Las Vegas y todo su repertorio. Llegué al hotel a las dos de la mañana y no dormí aquella noche. No me importó, sabía que al día siguiente me esperaba un largo vuelo de vuelta a casa y tendría tiempo de recuperar mi sueño perdido en el asiento del avión.

Ahora, cuando escribo estas líneas, pienso en mi amigo Richard J, Wrenchwright de Santa Fe, Texas y acento de cowboy comedor de chicle que trabaja en el Centro de Investigaciones Científicas de San Diego, CA, y pienso que quizá estará inmerso en alguno de sus inventos que revolucionarán la vida de millones de personas, que cambiarán las costumbres de la Humanidad, y dará vuelta a los mercados y quizá sea la semilla de una nueva forma de arte jamás imaginado, quizá sus descubrimientos modifiquen culturas, o entierren unas para ver nacer a otras; quizá, quizá, pero yo no cambiaré, ya he cambiado todo lo que he podido cambiar, pero no más, no cambiaré, mi tiempo ya pasó para nuevos cambios. O al menos, no lo verán mis ojos.

Fin

Chuff!!

6 zenyzas:

virgi dijo...

Creo que a ti no te harían faltas esas lentillas, ya ves mucho más que suficiente. Además, aún debe perfeccionarlas, nadie las querrá si le pican los ojos.
Pensar que tenemos amigos que nos pueden usar de conejillos de indias y, encima, si no sale el experimento, nos mandan a la porra...
¿Y sabes qué? uno de mis sueños es hacer algún día la ruta 66, con música, con fronteras, con desiertos y serpientes...bueno, de eso hablamos otro día...voy a por la Crow.
Besitos, Zeny, besitos

MBI dijo...

Enganchas, con tus escritos, enganchas cada vez más...
Gracias por ser tan generoso,
con tus comentarios en mi blog.
Tengo que confesar que estaba pensando dejarlo, pero tu lo haces
más difícil.

Ana R. Pastor dijo...

"El Valle de los Prodigios", suena bien...
La luz del amanecer y la del atardecer son las que más me gustan. En mi ciudad siempre habría esa luz. Cuando termine de hacer ciudades para Espada Negra, pintaré una para mí, a mi gusto, una ciudad envuelta siempre en la luz de un eterno amanecer, en la que la brisa tuviera un ligero aroma a tomillo y espliego y en la que bandadas de grullas la sobrevolaran con frecuencia en su viaje hacia el sur ( me encanta el sonido de las grullas)
¿Cómo sería la tuya?

Ana R. Pastor dijo...

Ah, y esta sería una de las canciones que podría sonar por sus calles, entre otras muchas, porque también tendría hilo musical :)

http://www.youtube.com/watch?NR=1&feature=endscreen&v=-ebtjgK8NNU

cristal00k dijo...

California Zinfandel... Rosé? supongo. Joer con el Cabernet Sauvignon... casi mejor que el peyote ¿no?
Eso sí, yo quiero tu mirada, antes que cualquier implante por más avanzado que esté.
Ya ves!

isis de la noche dijo...

A lo mejor a todos nos 'implantan', en algún momento de la vida, unas lentillas que nos muestran nuestra propia visión del mundo, cada vez que parpadeamos.

Y tal vez por eso, nos duelen tanto los ojos cuando nos sacamos las lentillas y empezamos a VER.

abrazos