Estaba escribiendo un cuento sobre la Navidad, pero he desistido. Mis personajes eran los típicos de las producciones americanas de los últimos tiempos: el niño que tiene un deseo, los padres que olvidaron la esencia y el sentido de esta fiesta, un Papá Noel que se confunde entre la gente y un odioso profesor acomplejado que intenta boicotear el mundo de los sueños. Ya sabéis, sonrisas y lágrimas y al final el malo pierde, el niño ve cumplidos sus deseos, los padres recuperan el espíritu y Papá Noel hace su trabajo repartiendo felicidad. Me disponía a corregirlo, a quitarle los ripios, arreglar la puntuación, el estilo, todo eso, y me he dado cuenta de que no me gustaba. No contaba lo que en realidad quería transmitir, era más de lo mismo y, en el fondo, palabras sin sentido. Edición; seleccionar todo; suprimir. Me he puesto triste, porque en el fondo de mi corazón no encontraba el tópico apropiado para dar vida a mis personajes. Papá Noel no existe; la codicia lo boicotea todo; los niños son unos consentidos y los padres…, los padres jamás perdimos el espíritu, pero estamos desorientados. Se acabó el cuento.
Existe, como es natural, otra forma de ver las cosas. La buena gente está ahí y no todo es codicia. Están quienes se sacrifican cada día por los demás, quienes regalan palabras de ánimo con el corazón en la mano, los que plantan cara a la soberbia, los que te hacen sonreír en los momentos más desalentadores. En fin, están todas esas personas que hacen de este mundo un lugar habitable. Para ellos, cualquier día es Navidad. Ya sean cristianos o musulmanes, budistas o hinduistas, o de cualquier religión. Los cristianos celebramos el día que Jesús nació en Belén y eso se ha convertido en una excusa tanto para unos como para otros. Los hay quienes se aprovechan de ello para llenarse los bolsillos, pero los hay también que aprovechan para hace más explícito su espíritu altruista.
Por eso, todos podemos ser los personajes de un relato. Pero no me pareció conveniente que unos y otros, los codiciosos y los altruistas, coincidieran en un cuento, como siempre pasa, para dar por sentado que la bondad siempre gana y los malos se quedan con las ganas, porque eso es mentira. Mi cuento de Navidad lo escriben los que cada día desean bien a los demás y trabajan para ello, se desprenden o ceden sus bienes materiales. Los que dan sin recibir; los que calladamente renuncian a sus principios todos los días; los que siempre tienen una sonrisa; los que se aceptan tal como son y viven sin pretensiones megalómanas; los que aún creen que ningún niño debería morir de hambre; los que creen que las armas nunca arreglan nada, ni las guerras; los que no temen que una crisis financiera les despoje sus comodidades; los que aman la naturaleza; los que aprenden de la Historia; los que se descubren a sí mismos a cada minuto; los que se sorprenden de la belleza, de un amanecer, del ocaso, del mar, de un bosque, los que sueñan despiertos, los que viven para los demás. Tantos y tantos que ven a los codiciosos lejos de sus principios, apartados de sus vidas. Esos serían los personajes de mi cuento de Navidad.
Pero no sé escribir este cuento, no puedo, no sé cómo hacerlo. No hoy. Quizá, porque deseo con toda mi alma que no sea un cuento; porque lo que quiero, con todo mi cuerpo y mi corazón, es que no sea un cuento de Navidad. Quiero que sea cierto, que no sea un sueño, que esas personas a las que adoro se extiendan por el mundo y sus actos nos contagien. Quiero que se acaben las guerras; que nadie se muera de hambre; que no haya fronteras. Lo quiero tanto, tanto; deseo tanto que sea verdad, que no sé cómo escribir este cuento.
Os deseo feliz Navidad.
Un abrazo y chuff!!