domingo, diciembre 25, 2011

Mis deseos no son un cuento.

Estaba escribiendo un cuento sobre la Navidad, pero he desistido. Mis personajes eran los típicos de las producciones americanas de los últimos tiempos: el niño que tiene un deseo, los padres que olvidaron la esencia y el sentido de esta fiesta, un Papá Noel que se confunde entre la gente y un odioso profesor acomplejado que intenta boicotear el mundo de los sueños. Ya sabéis, sonrisas y lágrimas y al final el malo pierde, el niño ve cumplidos sus deseos, los padres recuperan el espíritu y Papá Noel hace su trabajo repartiendo felicidad. Me disponía a corregirlo, a quitarle los ripios, arreglar la puntuación, el estilo, todo eso, y me he dado cuenta de que no me gustaba. No contaba lo que en realidad quería transmitir, era más de lo mismo y, en el fondo, palabras sin sentido. Edición; seleccionar todo; suprimir. Me he puesto triste, porque en el fondo de mi corazón no encontraba el tópico apropiado para dar vida a mis personajes. Papá Noel no existe; la codicia lo boicotea todo; los niños son unos consentidos y los padres…, los padres jamás perdimos el espíritu, pero estamos desorientados. Se acabó el cuento.

Existe, como es natural, otra forma de ver las cosas. La buena gente está ahí y no todo es codicia. Están quienes se sacrifican cada día por los demás, quienes regalan palabras de ánimo con el corazón en la mano, los que plantan cara a la soberbia, los que te hacen sonreír en los momentos más desalentadores. En fin, están todas esas personas que hacen de este mundo un lugar habitable. Para ellos, cualquier día es Navidad. Ya sean cristianos o musulmanes, budistas o hinduistas, o de cualquier religión. Los cristianos celebramos el día que Jesús nació en Belén y eso se ha convertido en una excusa tanto para unos como para otros. Los hay quienes se aprovechan de ello para llenarse los bolsillos, pero los hay también que aprovechan para hace más explícito su espíritu altruista.

Por eso, todos podemos ser los personajes de un relato. Pero no me pareció conveniente que unos y otros, los codiciosos y los altruistas, coincidieran en un cuento, como siempre pasa, para dar por sentado que la bondad siempre gana y los malos se quedan con las ganas, porque eso es mentira. Mi cuento de Navidad lo escriben los que cada día desean bien a los demás y trabajan para ello, se desprenden o ceden sus bienes materiales. Los que dan sin recibir; los que calladamente renuncian a sus principios todos los días; los que siempre tienen una sonrisa; los que se aceptan tal como son y viven sin pretensiones megalómanas; los que aún creen que ningún niño debería morir de hambre; los que creen que las armas nunca arreglan nada, ni las guerras; los que no temen que una crisis financiera les despoje sus comodidades; los que aman la naturaleza; los que aprenden de la Historia; los que se descubren a sí mismos a cada minuto; los que se sorprenden de la belleza, de un amanecer, del ocaso, del mar, de un bosque, los que sueñan despiertos, los que viven para los demás. Tantos y tantos que ven a los codiciosos lejos de sus principios, apartados de sus vidas. Esos serían los personajes de mi cuento de Navidad.

Pero no sé escribir este cuento, no puedo, no sé cómo hacerlo. No hoy. Quizá, porque deseo con toda mi alma que no sea un cuento; porque lo que quiero, con todo mi cuerpo y mi corazón, es que no sea un cuento de Navidad. Quiero que sea cierto, que no sea un sueño, que esas personas a las que adoro se extiendan por el mundo y sus actos nos contagien. Quiero que se acaben las guerras; que nadie se muera de hambre; que no haya fronteras. Lo quiero tanto, tanto; deseo tanto que sea verdad, que no sé cómo escribir este cuento.

Os deseo feliz Navidad.

Un abrazo y chuff!!

domingo, diciembre 18, 2011

Esto no es un cuento

Cenicienta encontró su zapato anoche. Estaba bajo un árbol en la Gran Vía. A nadie le importó verla mojada, con su vestido de gala destrozado, semidescalza. Yo la vi, pero no hice nada, ni siquiera lloré. Continué mi camino andando por las calles de una ciudad a la que le han robado el alma. Una ciudad que se quedó sin bosques y sin palacios, se quedó sin sus princesas enamoradas, sin sus hadas, sin estrellas, sin nada de nada de lo que la inspiraba. Solo tiene la lluvia fría como un telón de fondo de un teatro abandonado. Y ahora tiene puentes que separan, tiene calles que no hablan, tiene habitantes ciegos que nunca conocieron princesas encantadas, ni brujas malvadas. Esa ciudad se quedó sin aquellos mañanas que eran ayeres, ya no posee ese futuro que la recordaba; ese mundo interior bajo las baldosas viejas de sus aceras. Esa ciudad ahora es el nombre para un crucigrama; el destello de una ironía malsana; la palabra de un mentiroso, o de un usurero, la solución descifrada de un misterio; es una religión sin dios; un parque sin patos; una nube artificial; una marioneta sin hilos; una guitarra desafinada; el cuerpo rígido de una muñeca de cera; un mapa con muchas fronteras; un cauce para desaguar riadas extrañas.

Pobre Cenicienta, tiene un zapato seco y el otro mojado. Está triste, porque el príncipe le ha dicho que lo único que quiere de ella es sexo, que eso del amor es un cuento chino pasado de moda.

Chuff!!

miércoles, diciembre 07, 2011

Soy quien soy. Vade retro.

Max me explicó cómo podía localizar imágenes subliminales en películas y spots publicitarios. Era tarde y el bar se había quedado medio vacío. A esas horas, lo que uno dice no lo dice de verdad y si además el que habla ha bebido cinco gintonics, la realidad se convierte en un juego perverso del que necesitas escapar. Los dos habíamos bebido y esa era una certeza de la que tampoco nos podíamos evadir. No le creí, simplemente le escuché y escuché hasta que nos echaron del local. Cuando salimos, la calle estaba vacía. Nos sentamos en un banco y encendimos un cigarro. Lo fumé despacio, buscando un automatismo que me hiciera regresar de la ficción. Finalmente, Max me miró, parecía buscar en mi cara un resquicio de crédulo interés, le puse la mano en el hombro y, sin decirnos nada, nos fuimos cada uno a nuestra casa.

Al día siguiente era domingo. Me levanté tarde y con dolor de cabeza. Me tomé una aspirina y encendí el ordenador después de prepararme un café muy cargado. Tenía un correo de Max en la bandeja de entrada. Dudé si debía abrirlo. Todo lo que me había contado la noche anterior flotaba en mi cabeza como esos objetos que pululan alrededor de un astronauta en una nave espacial, sin orden ni concierto. Abrí el mail y comencé a leer:

Querido Zen,

Acabo de llegar a casa. No puedo quitarme de la cabeza todas esas cosas de las que te he hablado. Pensarás que estoy loco, pero no es verdad. Mejor dicho, quizá lo esté, pero mi locura nada tiene que ver con el hecho de que sea incapaz de discernir la realidad de la fantasía. No soy ese loco que imaginas.

Comencé a buscar imágenes subliminales por curiosidad. Alguien de la oficina me introdujo en ello. Tampoco yo le creí al principio, pero he de reconocer que estaba equivocado en mis juicios. Descargué el programa que me dio en el ordenador (te mando el archivo para que lo instales en el tuyo, si quieres, para que veas que no te engaño) y comencé a buscar imágenes en spots de publicidad de Youtube. Imaginarás que mi escepticismo era total, al comienzo, pero después de unas cuantas descargas pude comprobar que, efectivamente, los mensajes subliminales estaban ahí y los podía ver tan nítidamente como estoy viendo este mail que te escribo ahora. La mayor parte de estos mensajes tienen que ver con reclamos para que quien los ve se lance al consumo desaforado del producto en cuestión. Me divertía. Lo que a primera vista no parecía sino una estupidez, comenzó a subyugar mi curiosidad. Lo creí, además, un juego inofensivo y en cierto modo clarificador en lo que respecta al análisis y conclusiones de los mensajes publicitarios. Cuando conseguí tener un dominio aceptable, cambié los anuncios por trozos de películas. Aunque no lo creas, también ahí existe sublimación encubierta, aunque la mayor parte de las veces no se trata más que de mensajes políticos o corrientes alternativas de conducta políticamente incorrectas.

Pasado algún tiempo, buscaba mensajes subliminales en todo tipo de películas, también infantiles y dibujos animados. Hasta que ocurrió. Fue en un trailer de una serie de animación para adultos de éxito televisivo. El demonio estaba ahí y me observaba. Su aspecto era (es) terrorífico, pero me fue imposible huir de su mirada. Su figura se ha convertido en una omnisciencia que me persigue adonde quiera que vaya. Puedo verlo detrás de cada cara, enmascarado sutilmente, exhibiendo su repugnante aspecto. Dejé de utilizar el programa, de hecho, ya no lo necesitaba. Tan habituado estaba a discernir la sublimación en las imágenes y en los textos, en las frases de los actores, en los estribillos de las canciones de moda, que ya no necesitaba de ningún artificio para que me fueran revelados. Ahora, mi mundo se ha convertido en una verdadera pesadilla, pero lo que es peor, el demonio me persigue adonde quiera que vaya y soy incapaz de aniquilarlo de mis pensamientos, porque como te digo, está presente en todas las personas a las que miro. Casi no salgo de casa y cuando lo hago, no es sino para emborracharme y ahogar mi consciencia.

Verás un archivo adjunto (Subliminalmessagetracker.exe). Pruébalo con cualquier publicidad y comprobarás que lo que te cuento, es verdad. Después, decide tú mismo qué quieres hacer con él, hasta dónde quieres llegar. Mi consejo es que, una vez compruebes la veracidad de mis palabras, te deshagas de él.

Antes de despedirme quisiera añadir algo. Te preguntarás qué me ha impulsado a hacerte partícipe de esta revelación. Mientras estábamos en el bar, también vi en tu persona la figura de Belzebú, enmascarada en tu mirada, distorsionada en tu expresión. Detrás de esa mirada escéptica que me ofrecías se hallaba la más repugnante figura que puedas imaginar, acechante, burlona, informe y amenazadora. Normalmente, el alcohol adormece mis sentidos y el estado embriaguez consigue atenuar las visiones, pero esta noche no ha sido así. Si cabe, tu aspecto aún se me aparecía más real, más exacto, menos abstracto. Sé quién eres, lo he sabido esta noche, y a mí no me puedes engañar. Te he descubierto tal como eres, sin disfraz ni camuflajes. Eres Satanás, Lucifer, Belcebú, Luzbel. Yo te repudio, te aborrezco. Vade retro.

Aquí terminaba su carta. No me hacía falta abrir su archivo para comprobar nada. En realidad, lo sé todo, como él bien dice. Y no hay nada que podáis hacer para evitar que os posea. Abrid el archivo y veréis.

Chuff!!