domingo, febrero 26, 2012

El primer beso

Su respiración reclamaba el aire con la necesidad de un escalador agotado en la cima de un ochomil. Su pelo rubio era una maraña desordenada que le colgaba, pero a él le gustaba. En realidad, a él le gustaba todo de ella, sus ojos esquivos casi amarillos como los de un halcón, sus labios finísimos que daban formas extrañas a cada palabra que decía y su nariz de esfinge egipcia. Sudaba mucho.

—Ayúdame a incorporarme, ¿quieres? No te quedes ahí parado.

Panchito se acercó al borde de la cama. No sabía por dónde sujetarla, temía hacerle daño, pero finalmente se decidió a introducirle sus manos por los sobacos. Tiró de ella hacia arriba hasta que estuvo casi sentada. Su ligereza le impresionó, nunca creyó que alguien pudiera pesar tan poco. Estaban muy cerca ahora. Panchito hizo cuentas, nunca habían estado tan juntos. El escote del camisón se le había ondulado y pudo verle los pechos desde arriba, eran pequeños y le causó pudor la perspectiva, Pero en los hospitales ya se sabe, la desnudez de los cuerpos es parte del paisaje, aunque en el caso de Clara era diferente y eso le trastornó.

Sin decir nada, ella echó la espalda hacia delante para que él le acomodara la almohada.

—No sabía que ibas a venir. ¿Y los demás?

—Tenían miedo —respondió él—. Todo el mundo dice que tu enfermedad es muy contagiosa.

Clara se repasó los labios con la punta de la lengua y sonrió.

—¿Y tú? ¿Tú no tienes miedo?

Panchito se encogió de hombros. En realidad a él le había alegrado la decisión del resto de sus compañeros de no venir, así nadie le molestaría y no tendría que dar explicaciones, ni siquiera a sus padres.

—No saben que he venido.

—El médico le ha dicho a mi padre que ya no puedo contagiar a nadie. ¿Sabes?, son amigos, se conocen de la Universidad.

—¿Tú padre es médico?

—¡Qué va, tonto! Mi padre iba a la Facultad de Económicas, se conocieron por casualidad.

Panchito se esforzaba en mirarle a la cara porque sabía que si entornaba la vista se toparía de nuevo con sus pechos y no aguantaría el rubor. Aunque a ella parecía no importarle. En clase era diferente; el pupitre de Clara estaba un poco más adelante que el suyo y no había nada que le impidiera observarla a placer.

Ella también le miraba y Panchito pensó que le estaba adivinando los pensamientos. Quizá era el momento de hacerlo, su gran oportunidad. De hecho, si ahora no lo hacía, iba a desaprovechar la ocasión de su vida y además Clara nunca volvería a confiar en él.

—Sigo sin entender por qué has venido tú solo a verme.

Panchito se bloqueó. Le estaba forzando a hablar. Eso de que las chicas eran más listas que los chicos debía de ser verdad.

—Tenía ganas.

—¿Ganas? ¿Así sin más?

—Me dijeron que estabas muy enferma y tenía miedo de no volverte a ver.

Clara sonrió. Extendió el brazo para coger el vaso de agua que estaba sobre la mesilla. Panchito se lo acercó. Clara bebió, primero dando un sorbo y después con un largo trago. Panchito aprovechó que ella parecía estar distraída para continuar hablando:

—El profesor nos dijo que tenías una enfermedad muy contagiosa, mestin…gistis…

—Meningitis —le corrigió ella.

—Y yo pensé que si tú te ibas, yo me iría contigo.

—¿Irme? ¿Adónde?

—Si te morías.

A Clara se le resbaló el vaso de las manos, pero estaba vacío y rodó hasta su regazo. Panchito se incorporó y se abalanzó sobre ella para evitar que cayera al suelo y el vidrio se hiciera añicos, atrapó el vaso con fuerza hundiendo su mano en su vientre La miró, se miraban ambos. Panchito hizo cuentas, nunca habían estado tan cerca el uno del otro.

—La mejor manera de que nos fuéramos juntos —dijo Clara—, sería contagiarte de pleno.

Panchito no se movía.

—Pero has dicho que se ha vuelto inofensiva, lo ha dicho el médico.

—Quién sabe, los médicos también se equivocan.

—¿Tú crees que me habré contagiado?

—Deberíamos asegurarnos.

Clara se acercó a Pancho un poco más, sus bocas casi se rozaban. Pancho pensó en sus pechos y notó cómo su sexo convulsionaba, todo su cuerpo ardía, ya nada les separaba, sus bocas estaban unidas. Pancho soltó el vaso pero dejó la mano sobre su cuerpo. Estaban unidos para siempre, rozó su lengua impregnada de aquella cosa que iba a unir sus destinos, sintió la tibieza de su aliento que se introducía en su boca, y su saliva, y sus dientes.

Oyeron un ruido en el pasillo. Alguien se acercaba con un carrito. Era la hora de la comida. Se separaron bruscamente. La puerta se abrió, era la enfermera que entraba con una bandeja en la mano; la depositó sobre una encimera con ruedas apartada al pie de la cama. La enfermera les miró, es verdad que las mujeres tienen un sexto sentido, después dio media vuelta y se cruzó con un hombre que entraba en la habitación. Debía de ser el padre de Clara, no tenía pinta de economista. Panchito se levantó desubicado.

—¿Te vas? —preguntó ella.

El padre de Clara anduvo directamente hacia su hija y le dio un beso en la frente, luego se dirigió a Panchito.

—Gracias por venir, cualquier día te pasas por casa a merendar. Pronto le darán el alta, está mucho mejor. Puede que la semana que viene regrese a clase.

Aquel hombre no lo sabía, pero ahora sus destinos estaban unidos para siempre. Los médicos también se equivocan y si moría ella, morirían los dos; si vivía, vivirían juntos con el secreto de saberse inmunes a la fatalidad del destino.

A Panchito le gustaba el pelo rubio de Clara, las muecas que hacían sus labios al hablar dando forma a cada palabra, haciéndolas únicas e irrepetibles. El padre de Clara miraba por la ventana hacia a la calle. Panchito ya estaba en la puerta y se volvió; ella le miró desde la cama y apretó los labios y él se conformó con saber que ella le podía leer lo que pensaba. Entonces, mejor que nadie.

Fin

Chuff!!

2 zenyzas:

virgi dijo...

A lo más que llegué con mis novios infantiles fue a cogernos la mano. Un beso vino algo después.
¡Qué lindo lo haces, Zeny! Tocas tantos palos que me has sorprendido con este texto.
Este Panchito me gusta, aún le queda por aprender algo sobre los contagios.
Te abrazo, por un porsi.

Edurne dijo...

Realmente tierno, e inconsciente, este texto, pero envuelto en un manto poético que ya ya...!

Abrazo!
;)