sábado, febrero 25, 2012

Él


Asuneri udararte
krabelina batu jake
hain lotsatia ez bazina bai
zu biluztuko zinake

(Mikel Urdangarin – «Egun argian»)

—Él—

En la oscuridad, sentado sobre la arena, escuchaba los sonidos: el compás de las olas, el murmullo del viento, el aleteo de alguna gaviota y el lento caminar de la marea. Todo era un inmenso reloj llegado de ultramar, como un monstruo bueno e invisible que estaba ahí para hacerle saber que la magia existe. Y detrás de él bullía la ciudad, con sus luces y sus prisas de hormigón y todo su pasado que era como el pasado de cualquiera, otro tiempo y otro monstruo con nombre, devorador de sueños.

Cuántas veces se había prometido abandonarlo todo y sin embargo siempre acababa sentado sobre la arena, sobre la panza de la ballena, fría y áspera, indemne al acoso del pasado. Hacía ya dos largos años que cruzó el canal entre la isla de Santa Clara y el Urgull, una tarde de marejada un día de verano, y fondeó en medio de la bahía a esperar. Entonces, el viento no era un murmullo, ni siquiera un sonido, sino el aliento voraz del monstruo. Arrió las velas y buscó un buen sitio al socaire. Las luces iluminaban el paseo, el puerto pesquero, el viejo balneario, el Aquarium, y los automóviles eran una procesión de titilantes orugas diminutas. Sentado en la proa, sus ojos eran los ojos del monstruo invisible que miraba aquel espectáculo con la certeza de saberse objeto de los deseos y los sueños de los habitantes secuestrados en el asfalto. La marejada arreciaba en los infinitos cielos y mares, pero también aquello le pertenecía. El color del mar era triste y la densidad del cielo una turbulencia desalentadora, pero él era el cuerpo mismo de la galerna, parte de su espíritu inalcanzable, invisible pero omnipresente como las vísceras de un volcán bajo el mar, del que solamente se pueden oler sus gases e intuir su furia por la ebullición del agua que le rodea, que le cubre y le supura.

El monstruo espera, y en su espera repara en quienes lo desean y lo temen, en quienes lo aman y lo sueñan, y sacude sus escamas cuando percibe que ha de mudar de piel y de color para no dejarse ver. A la mañana siguiente, la tormenta había cesado. Izó el fondeo y las velas y puso rumbo al horizonte. Pero desde entonces ya han pasado dos años, con sus días y sus mareas, y ahora estaba sentado en la orilla, en la oscuridad de una playa. Escuchaba los sonidos que una vez fueron los suyos, muy suyos.

Y debería haber un final apropiado y coherente para este pequeño relato escrito en tercera persona. Pero aunque me empeñe, este personaje sin nombre, protagonista de esta historia, sabe que el final está escrito en el aliento de la noche y las tormentas. ¿Y quién soy yo para traicionar sus pensamientos? Yo no soy nadie.

Chuff!!


3 zenyzas:

ZenyZero dijo...

Enemigo de la oscuridad
brotas en la claridad del día
De lo que disfrutamos anoche
emana tu aroma

Dos nubes en el cielo
sube, sol, sube
Pues no tengo más deseo
que cantarte a ti

Los campos bellos en flor
¿a quién no le gusta la primavera?
Estoy esperando, que vuelva
tu pleno verano

Hasta que llegue el verano
el clavel se ha unido a las ortigas
Si no fueras tan tímida
te desnudarías
La noche llega despacio
tiene razón para hacerlo
Sé que me quieres,
pero dímelo de nuevo

El viento, sediento,
hace bailar a las hayas
Mis manos quieren festejar
tu dulce piel

Los erizos corren
buscando la fuente
Cariño, porque te quiero,
necesito beber de ti

(Mikel Urdangarin – Egun argian/En la claridad del día)

virgi dijo...

Eres el que le da la vida para que otros sepamos que existe. Que existe y siente y piensa y mira y ama y sufre...
¡Entre el horizonte y la costa suceden tantas cosas! Y el aliento que nos llega sólo puede traducir alguna de ellas.

Besos, querido Zeny.

Teyalmendras dijo...

Que familiares tus palabras... y esta playa, tan cercana y conocida.

Genial Zenyza.

Saludos almendrados ;)