It was wrong of me to leave
‘Cause I couldn’t stand a perfect thing
But I was too young to know any better
(Santa Fe – Eilen Jewell)
Tras el cristal estaba Goyo. Tenía su camisa desabrochada hasta el ombligo y una barba de dos o tres días. Yo estaba sentado, esperando verlo aparecer tras la puerta flanqueada por un guardia de seguridad, pero me había distraído con las revistas y los discos que le llevaba. Me lo había pedido su mujer, llévale discos, me dijo, y alguna revista de coches. Levanté la cabeza y me lo encontré como una aparición. Se sentó. Tenía algo en la mano que no lograba adivinar lo que era y no me pareció oportuno preguntar. Cogí el micrófono, me lo acerqué a la cara y él hizo lo mismo sin soltar lo que asía en su otra mano. Sonreí a modo de saludo sin saber muy bien qué decirle. La sentencia era firme y no merecía la pena alimentar vanas esperanzas, se había acabado el tiempo de los recursos y apelaciones. Qué más da, había dicho él, estaba cantado, si Roberta no está, si está muerta, entonces nada me importa. Evité incidir sobre el asunto para no alimentarle más afección, levanté la bolsa de plástico y dije, te traigo revistas y discos, ¿qué?, dijo él, porque el interfono no funcionaba bien, revistas, repetí, y discos, The City of New Orleans, Oklahoma Hills, Calling Baton Rouge, Sweet surrender, Santa Fe. Te he grabado uno especial, con country y new grass. Goyo sonrió y supuse que no sabía qué decir. En cierta ocasión, una noche que volvíamos a casa tarde y un poco pasados de copas, me confesó que el country le llenaba la cabeza de libertad. Me dijo, no es esa libertad estúpida que uno desea sin saber muy bien qué significa, sino que es ese sentimiento de pertenencia a la vida como parte de un todo ingobernable y sublime. A veces, sin ni siquiera haberlo planeado, cogíamos el coche y solíamos ir a tocar la guitarra al campo y él siempre le daba un toque country a cada canción. Yo le decía, eres incombustible. Él me respondía con un acorde imposible y yo intentaba imitarle sin conseguirlo. Cuando comenzaba a oscurecer recogíamos y regresábamos a la ciudad. A menudo parábamos a tomar una cerveza y hablábamos de todas las cosas que habríamos hecho si hubiéramos sido millonarios.
¿Qué tienes ahí? Le pregunté. Entonces, me enseñó una pequeña caja de cristal y me respondió, es una mosca. El bicho estaba muy quieto y yo me interesé por saber si aún vivía. Sí, me dijo él, aún vive, pero no durará, ni el country la podrá salvar, de nada sirve el country aquí adentro. Lo primero que pensé fue que mi amigo se había vuelto completamente loco. Quise saber a qué se refería, qué tenía que ver aquel insecto con la música e hice un gesto interrogativo que él enseguida interpretó. Se ahoga, me contestó levantando el pequeño estuche translúcido, la alimento y la hablo, pero sé que no durará aquí adentro; la interrogo, pero no dice nada, sé que ella lo vio todo, quién la mató y dónde está su cuerpo. Entonces, llevado por el impulso de seguirle el juego, le sugerí que la dejara en libertad. Goyo retiró la cajita de nuevo, pero sin soltarla de su mano. No puedo, me contestó, ha de tener mi misma suerte, no le queda recurso ni apelación y yo soy su juez supremo. No quise darle más vueltas y rápidamente cambié el curso del diálogo. Unos minutos más tarde nos despedimos, cuídate, le dije, cuídate tú también, y pensé que no había sabido calcular mis palabras, era tan difícil decir adiós.
Unos días después me enteré, me llamó su mujer muy afectada, Goyo se había suicidado. No quise contarle en aquel momento la historia de la mosca encerrada. Me dijo que le habían devuelto sus objetos personales, también los discos que le llevé, y dejé que ella se desahogara. Aquella mañana, después de colgar el teléfono, cogí la guitarra y conduje al campo. Quería tocar y tocar, cantar y sentirme parte de un todo ingobernable y sublime, pero no lo conseguí, como sus acordes imposibles, el mundo se rebelaba ante mí como si el cielo y las montañas, como si los campos y los ríos, no fueran sino el eco sordo de un lamento en una prisión. Roto y desesperanzado regresé a la carretera y conduje toda la noche hacia ningún lugar determinado. Cuando el sol ya despuntaba en el horizonte, me desvié por un sendero que se introducía en un pequeño bosque y allí, tras un otero, escondido, quemé mi guitarra. Quizá no fue justo lo que hice, quizá no fuera justo que aquel insecto tuviera un juez tan celoso su libertad, quizá no fuera justo que a Goyo no le quedaran recursos ni instancias a las que apelar, y no era justo, no, no fue justo que lo condenaran por un crimen que él nunca cometió. Entonces, más que nunca, detrás de aquella colina y ante las cenizas de mi expoliada guitarra, deseé que el cielo y las montañas, que los ríos y los bosques callaran, que el silencio lo cubriera todo como en la primera noche eterna cuando nada existía, antes de que el universo fuera universo. En el fondo supe, y lo sé ahora, que la mosca me vio matar a Roberta, a la hijita de Goyo. Me torturé con la idea de que aquel insecto pudiera haber hablado, y mi amigo lo sabía, sabía que la mosca fue testigo de aquella atrocidad y no podía hacerla hablar. Cómo iba a hacer algo así, si las moscas no hablan. Solo saben volar y posarse sobre la sangre de los cadáveres. Y el country es para los que aún creen en la libertad.
--Fin--
Chuff!!
3 zenyzas:
Huyyy, me ha dejado acongojada este relato.
La verdad es que llevar guardado algo tan atroz como un crimen y saber que otro pagará por lo que tú hiciste... es terrible!
Yo creo que la mosca se lo dijo, que Goyo lo sabía...
Muy bueno el clima que has conseguido.
Un abrazote!
;)
¿Quién no tiene un cadáver en el armario? Hasta el amigo más amigo guarda un secreto de enemigo.
Y los ojos compuestos ven más, mucho más. No sé si sabrán oír country, me da que no.
Lo leí esta mañana, pero me dejaste sin palabras...¡qué bien escribes, Zeny!
Esas americanas, cuando cantan, sacan la historia que llevan detrás...pienso ahora en las Dixie Chiks...
Besos, Zeny.
Muchos.
Micronovela en toda regla... y jugar a dios es logico cuando se es un simple siervo.
Me parecio genial...
Abrazos almendrados ;)
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